Dia de difuntos
Estaba sentada en el escalón de su casa, un escalón frío, de granito molido. Remendaba unos calcetines de lana de su marido, aquel con el que compartía desventuras y anhelos. Un anciano como ella, un hombre cargado de años y de quejas. Ella no usa gafas, no las precisa. Teje con las manos arrugadas, flacas, marcadas por la artritis de los fríos y la artrosis de su herencia. La visita se para frente a ella, la mira de arriba abajo, desde la pañoleta negra que le cubre los cabellos encanecidos, hasta las medias de algodón sujetas por una liga de cartón. La anciana le habla sin mirarla, sabe a lo que viene, y no es de su agrado el recado que trae. La otra se envara, se mueve inquieta ante su propia presencia. «¿Vas a pasar de largo, o te quedas a cenar?» Pregunta sin dejar de coser. «Sabes que no suelo alternar durante mi jornada laboral». Le contesta altanera. «¿Dónde está Juan?» Pregunta con tono de impaciencia. Aparejando la burra. ¿Sabes si tiene para mucho? ¿Traes mucha prisa? La de siempre. Pues yo no tengo ninguna. Por cierto ¿Qué día es hoy? Estamos a 2, día de los difuntos. Hoy es el santo de tu marido, y vengo a Felicitarlo. Contesta la muerte.
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