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En homenaje a Miguel Ángel Blanco

por el príncipe de las mareas

Salía de un pleno del Ayuntamiento, otro más de los muchos en los que nada se debatía más allá de una insaciable y cansina idea: la independencia de la región. La sesión se había cerrado como siempre, con la misma intransigencia de la que solían hacer alarde los autodenominados gudaris, los luchadores incansables de la patria vasca. El concejal, es un hombre de escasa estatura, mirada franca e ideas alejadas de aquellos, cuya única misión en la vida consiste en la exterminación de los demás, de los que no comulgan con sus ideales, a los que llamaban opresores. El mediodía había quedado atrás, las horas se habían marchado en homenajear al enésimo terrorista, al vecino de la localidad que había conseguido hurtar su peso a la balanza de aquella ciega que no sabía impartir justicia. Su rostro juvenil denota cansancio, apatía temporal ante la ardua misión que él mismo se había encomendado dos años atrás, cuando la formación política en la que militaba, le había propuesto encabezar sus lista electoral. Esto —bien lo sabía Miguel Angel— suponía colocarse en mitad del pecho una diana, un indicativo de su desprecio al terror que pretendían imponer sus enemigos. Camina despacio, sin apenas levantar el polvo de una calle desierta. El vehículo, un Seat Toledo de color gris robado derrapa a su altura, dos individuos descienden con las premuras propias de un secuestro. No ha lugar a explicaciones más allá de las que puedan dar las armas que asoman amenazantes.

—¡Sube al coche, rápido! —le conmina un encapuchado que lo introduce a la fuerza en el asiento trasero, donde le espera otro individuo con pasamontañas negro.

Arranca el turismo a velocidad desmedida para las condiciones de la vía, dirigiéndose a la salida del pueblo por la carretera de Éibar. Apenas si han recorrido veinticinco kilómetros, el vehículo abandona la vía y toma un camino forestal; el automóvil rebota entre los restos de una poda reciente en este bosque de pináceas, helechos y arroyuelos. Los cuatro ocupantes no hablan, no se dirigen la palabra ni para advertir al conductor de las irregularidades del terreno, ni para consultarse sobre la distancia que queda por recorrer. Miguel Angel viaja ciego, una capucha rústica confeccionada de manera artesanal le cubre la cabeza hasta los hombros. Su respiración entrecortada denota la aprensión de sus circunstancias, el temor de saberse víctima de un secuestro. De familia modesta, pronto descarta el móvil económico, por lo que no duda de los tintes políticos que pueda albergar esta acción contra su persona. El vehículo se detiene media hora más tarde, chirrían los frenos en el terreno arenoso, descienden tres de los ocupantes. A él, al rehén, lo dejan solo en el asiento trasero. Oye voces, pero apenas si puede escuchar la conversación confusa y acelerada que mantienen al menos dos de los tres secuestradores.

Madrid, capital del reino. Avenida Guzmán el Bueno, Dirección General de la Guardia Civil. El civil de piel morena, horadada de cicatrices propias de una eventual varicela juvenil que ostenta el mando del benemérito Cuerpo, se encuentra al teléfono, mantiene una conversación fluida, no exenta de cierto dramatismo con el ministro del Interior. Cuelga y comienza el rosario de órdenes, llamamientos, entrevistas y consultas sobre el mapa que alguien, tal vez un subordinado, ha desplegado sobre la mesa de su despacho. Las llamadas se suceden desde la secretaría de interior, de la comandancia de Guipúzcoa, de la prensa ávida por saber, por conocer de los entresijos de esta nueva acción terrorista. Han oído un comunicado de la banda terrorista ETA exigiendo negociaciones con el gobierno de la nación para el acercamiento de presos a las cárceles de Euskal herría, como denominan estos a la comunidad autónoma vasca.        

—Como todos damos por hecho, esto viene a remolque de la operación de rescate del funcionario de prisiones —comenta el director con un orondo general de división allí presente—. Una vendetta burda de estos hijos de la gran puta, que se han debido sentir afrentados por el rescate llevado a cabo por el Cuerpo.

—Me temo que lo que piden no se les va a conceder —interviene el general— ese concejal tiene las horas contadas.       

Comandancia de San Sebastián, Intxaurrondo, Guipúzcoa. El coronel al mando se haya reunido con su plana mayor. La tensión se palpa en el ambiente. El uniformado de mirada acerada y amargo rictus contempla embelesado el mapa desplegado sobre una mesa cualquiera. Luces, emisoras que no cesan de parlotear en lenguaje cifrado; frenético movimiento de personas, vehículos que arrancan, que aceleran por la explanada, que llegan hasta la barrera donde son identificados por la guardia pretoriana del señor de aquella fortaleza que cuenta con vehículos terrestres y aéreos, con armamento de guerra, y personal cercano al millar.

—Mi coronel, el GAR ya se ha desplegado —informa un capitán de cabellos canos refiriéndose a la unidad de los grupos antiterroristas con los que cuenta la Guardia Civil— las unidades limítrofes ya han sido alertadas y el servicio de información ha dispuesto un plan de rastreo.

—Estos perros no quieren jugar, quieren sangre. ¡Pues la van a tener! —contesta el coronel apretando el puño sobre el mapa— ¿Qué sabemos de la muga? ¿Estan controlados los pasos?

—El dispositivo de cierre ya ha sido activado. No pueden cruzar sin ser avistados.

—¿La gendarmería francesa está avisada? —vuelve a preguntar— ¿Se sabe algo de Julen?

—Sí, mi coronel, el gobernador civil está al tanto y tiene línea directa con usted.

El oficial al mando mira por la ventana de la tercera planta del edificio de ladrillos vistos, una ventana blindada a prueba de balas, no así de un proyectil de bazuca que alguno quiera disparar desde el monte próximo. No sería el primero que los terroristas del «comando Donosti» lanzaran en su desesperación por matar; ni el último.

Se ha levantado una leve brisa, el viento arrebola la tierra, un viento premonitorio de los sucesos que deberán acontecer cuando la sangre del concejal popular riegue ese polvo cobrizo que se pega a la ropa, a la garganta reseca formando un engrudo dificil de digerir. El transmisor de onda corta carraspea con un sonido propio de alguien afectado de un padecimiento pulmonar. El móvil de uno de los secuestradores zumba sin que lo atienda el que se dedica a amordazar a Miguel Angel; ahora, atareado en atarle las manos a la espalda con un bramante ligero, pero resistente. El concejal es obligado a ponerse de rodillas con una orden que no deja lugar a dudas de su obligada obediencia.

—Sabemos que los de Madrid no van a ceder —se queja uno de los encapuchados— esos del gobierno español no aceptarán el chantaje.

—Lo sé, pero son las órdenes que hemos recibido y las cumpliremos txintik atera.

Una mirada de desprecio al caído, aunque, quizá solo sea una ojeada indolente ante el que ya dan por muerto. Cae la tarde despacio, una tarde preñada de infortunio. Una radio clama por la liberación del concejal allá por la castilla manchega, le replica otra desde la comunidad valenciana; se apuntan al coro desde Andalucía, Galicia o la Rioja. Un retén apura las últimas candelas de un incendio forestal en Málaga, la radio presta bajo el tronco de una encina gruñe junto a la pala allí dejada. La pareja de servicio de la Guardia Civil asoma con su todoterreno, descienden los dos componentes y preguntan a los del retén:

—¿Se sabe algo?

—Nada nuevo, el ministro ha pedido la liberación del concejal. Me da que de esta no sale el pobre hombre —contesta el bombero con la cara tiznada.

En una población cercana a Lorca, en la provincia de Murcia, un grupo de personas se ha concentrado frente al ayuntamiento, sus manos pintadas de blanco piden la liberación del joven político, cuyo rostro comienza a circular por toda la geografía española. Tan curiosa reivindicación pronto salta las fronteras de Murcia y se extiende por La Coruña, Jerez de la Frontera o la ciudad de Cuenca. Llega a Toledo, pasa por Badajoz y remonta hasta Orense; allí se cruza con la marea de manos blancas que llega desde León, Burgos, o Sevilla, confluyendo todas en Madrid, en Pozuelo de Alarcón, sede de la televisión pública.

—Lo mejor es acabar cuanto antes —argumenta uno de los encapuchados.

—Acataremos las órdenes —contesta otro arrancándose el pasamontaña— no habrá ejecución hasta que lo ordenen.

Miguel Angel retuerce sus manos atadas, siente la necesidad de vaciar su vejiga dilatada. Comienza a tener noción de la empresa en la que le han embarcado, sabe, o al menos sospecha, que de esta no sale con vida. ETA no se anda con chiquitas, cuando señala un objetivo lo lleva a cabo sin dilación, sin ponderar las consecuencias que puedan depararse de sus actos criminales. Los ha oído conversar, le llegan los sonidos rudos de unas voces cargadas de rencor, de un odio abstracto en sus orígenes, pero concentrado en sus planteamientos. Él, concejal del partido popular, encarna al enemigo de Euskadi, al gobierno intransigente que no acepta la realidad de la patria vasca. Al invasor que debe ser combatido con las armas disponibles hasta que abandone esta tierra que no es la suya. Sonríe con mueca de desprecio «¿No es la nuestra? Yo he nacido aquí, mi familia es de aquí ¿Quién les ha otorgado a estos iluminados la potestad para nacionalizarla? ¿Desde cuándo son ellos los dueños de esta tierra, de esta parte de España que siempre ha luchado y ha vivido bajo los auspicios de la Corona de Castilla? ¡Malditos fundamentalistas del demonio! Me van a ejecutar porque a saberse a quien, se la ha metido entre ceja y ceja que yo debo morir para seguir manteniendo viva la esperanza de una emancipación, que no va más allá de una idealización del iluminado aquel, ¿cómo se llamaba? ¿Arzallus? ¡No, joder, el otro el de Bilbao! Arana, Sabino Arana». Acaba aceptando sus propios pensamientos.

—¡Vas a morir txakurra! Le importas un arraio a tu jefe. —Escupe con desdén el etarra que se acaba de quitar la capucha.

El ministro del interior acaba de hacer unas declaraciones en la televisión. Solicita sin demoras la liberación del concejal. «ETA sabe que el gobierno de la nación no negocia, no hincará la rodilla ante los terroristas. La organización no puede esperar componendas por parte del ejecutivo, el gobierno no acepta chantajes de ningún grupo terrorista». Las radios se hacen eco de estas palabras, rugen en todas y cada uno de los diales, en las ondas hertzianas repartidas por toda la geografía nacional. El obispo de Toledo ha ofrecido una homilía, varias parroquias de Lugo, Santander o Granada ruegan al Señor por la pronta liberación del joven concejal. La gente se arremolina en las iglesias, se manifiesta en las plazas, mostrando las palmas albas de sus manos pintadas de blanco, como el apellido del concejal al que ETA pretende asesinar. Muchos se preguntan si no merece la vida de este hombre la petición de los terroristas. ¿Acaso no vale nada la vida de uno de los suyos? Otras voces niegan este adagio, no aceptarán que el gobierno ceda ante el chantaje de la banda terrorista.

Manuel tuvo ocasión de presenciar cinco suicidios en aquellos parajes, tres en el castillo y dos ahorcados de ese roble seco que atestiguaba con su siniestra presencia, que la muerte cobraba tributo por estos parajes. En una ocasión, la juez de la localidad cercana le había tomado como secretario, así, ella dictaba lo que observaba en su diligencia ocular, mientras Manuel copiaba las palabras proferidas en una libreta que sería transcrita a papel de oficio una vez se hicieran cargo en el juzgado de instrucción número 2, que ese día era el que estaba de guardia.

El fuego se inició a la misma hora que caducaba el ultimátum de los terroristas de ETA. El incendio provocado por mano imprudente con tintes criminales se mezcla con el ambiente preñado de incomprensión de una tarde de duelo y muerte. Las llamas alcanzan las bajeras de la sierra, las balas se afanan prestas, audaces ante la nuca de un concejal de Ermua, allá por el lejano bajo Deva. Ermua es una población vizcaína cuya etimología se refiere a la muga, a la frontera entre la vida del monte o, el concejal y la muerte de ambos. La radio, todas las radios de España claman minuto a minuto lo que puede deparar esta tragedia humana; la ecológica espera acontecimientos antes de decidirse a ocupar el lugar que le corresponderá mañana, tal vez pasado, que el fuego discurrirá devorando lo que encuentre antes de enfrentarse a los hombres. Hombres de otra estirpe, quizá alimañas con figura humana agotan el plazo dado al gobierno de la nación, un chantaje cuyo final no puede ser otro que el tiro en la nuca del concejal popular del municipio vizcaíno, un desenlace acorde con la sinrazón de los que le arrebatan la vida y aquellos que se la arrancan al monte. A la hora convenida, la radio, esos cientos, miles de radios nacionales en sus diferentes diales claman por la muerte de Miguel Ángel Blanco, las otras radios, las emisoras de los vehículos policiales, las de los bomberos alertados, las de los guardas forestales y todo aquel que se haya implicado tanto en el ajusticiamiento estéril, como en la lucha contra el fuego, claman que el monte se quema, que la Sierra Crestada arde de norte a sur y de este a poniente. Los sicarios de ETA descerrajaron un tiro en la nuca del joven concejal, los criminales anónimos asestaron un duro golpe al monte. Ambos yacen sin vida, el uno en el suelo con las manos atadas a la espalda; el otro, el refugio de alimañas y pinsapos agoniza sin esperanzas de que ese despliegue humano que se afana por salvarlo, acuda más presto, acierte a liberarlo de lo que los otros, los uniformados de verde no han podido evitar con la persona del joven concejal, que encontró la muerte el mismo día que se la enseñaron a la sierra.

 

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