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Muerte por Derecho II

por el príncipe de las mareas

La lectura febril le hace sudar las manos, se las restriega con ademán nervioso. El trabajo que realiza versa sobre el estudio de algo que amen de antiguo, no deja de tener su morbo: «Análisis cuantitativos y cualitativos de la criminalidad». El crimen es algo sórdido, pero su juego es demasiado atrayente para todos aquellos que se ven abocados a su entrega: ya se trate de un simple aprendiz de brujo que busque la maquinación maléfica, de un consumado asesino en serie, o de un investigador en su doble faceta: éste que pretende desentrañar sus entresijos sicológicos, o aquel que lo ha incorporado a su labor diaria por tratarse de un policía cualquiera. El concienzudo profesor que pretende experimentar las sensaciones ajenas en carnes propias, indaga con fruición en una materia codiciada tanto por aquellos que la sufren, como por esos otros que la despliegan. Bien es cierto que el consenso no es posible, no ha lugar a acuerdos tácitos en la interpretación de un hecho, a la desvinculación emocional o, a la aparente desgana con la que el legislador abruma al ciudadano. No pueden converger las sensaciones del que considera la reinserción social como la única viabilidad de la pena, y los que opinan —quizá en un alarde de efusiva agresividad, tal vez no acorde con su filosofía en estado de reposo— que la realidad social no puede verse acometida de empirismos trasnochados. La realidad cotidiana argumenta contra los que, empeñados en la constatación de las ideas, creen que han hallado la panacea a la tragedia humana.

            Deberían dolerle las piernas al que cuelga suspendido del morrillo imaginario de un triceratops descoyuntado, al que eludiera el raciocinio propio de su especie, —la humana por supuesto— cuando decidió colgarse boca abajo en alusión a una lámpara decadente que careciera de la menor lucidez. El vigilante se ha retirado a la zona de conserjería, saluda y despide a los que amenizan su tiempo con la complacencia de su cometido en el ejercicio de un trabajo no docente, pero íntimamente relacionado con el culto al saber: Horarios de tutorías, previsión de exámenes, devolución de unas gafas perdidas en la soledad de un pupitre mal barnizado… La falsa lámpara da señales de desasosiego, cimbrea en el intento de caer de bruces con estrépito de huesos rotos, de desplomarse el cuerpo desmadejado sobre el suelo. Las luces del techo se azoran ante tal visión y parpadean en el intento conseguido de borrar esa imagen grotesca que se refleja sobre el tablón acristalado de Derecho Procesal.

            Aún no ha abandonado su estratégico lugar, el libro que sostiene en sus manos se vuelve liviano, levita sobre una idea no preconcebida, pero que atisba aventuras desconocidas en persona de su edad. No lo arroja, lo deposita con toque, casi susurro sobre la mesa rodada que resplandece frente al anaquel que alberga los manuales de Derecho del Trabajo. Baja un peldaño, otro más, se diría que ha decidido descender a la oscura sala de lectura, esa que cobija el polvo acartonado de unos tratados de ciencia penal. Se vuelve casi al instante, se detiene y sonríe con una mueca posesa de persona que acabara de descubrir la fórmula mágica que lleva siglos pretendiendo y, sin embargo, le ha estado esquivado hasta el hartazgo. Decidido, alegre y apremiante sale en pos de la figura retorcida y ennegrecida de lo que alguna vez fue un árbol vivo, hoy una corteza fenecida por el fuego inquisidor de la intolerancia más abyecta, que, a modo de custodio, precede a la cafetería del centro. No está dispuesto a creer que semejante fuste, trate de evocar otra muestra del arte más irracional. «Análisis cuantitativos y cualitativos de la criminalidad», resuena en sus oídos como corneta tocando a rebato. Criminales ha habido siempre, desde que el dios creador formulara la disyuntiva del reparto allá por eso que llamaron edén, y que quedaba al este, aquí llamado levante. Los primeros pobladores del planeta aprendieron con premura, lo que su ídolo bíblico les mostró con una quijada de asno. La respuesta de Abel, que debía ser universitario, fue contundente ante la agresión de su hermano: «No me golpees en la cabeza, que estoy estudiando». Luego vinieron los pueblos del mar, aquellos a los que Homero signó en sus frentes el deseo de apoderarse de lo ajeno, si no, que le pregunten a Paris, hijo de Príamo. ¿Por qué no dejó la testa de Menelao, el hermanísimo de Agamenón sin coronar? No conjetura sobre la lujuria, que también hubiera algo de ello, sino sobre el rapto sin las connotaciones sexuales propias del este tipo penal.  Transcurrieron los años y el crimen se materializó en Roma, en la Galia o Hispania; así, los vándalos hicieron correr a los suevos y todos después huyeron ante el avance criminal de un puñado de bereberes que dieron un buen chapuzón a Rodrigo en el Guadalete. Más de uno pensaría que tampoco resultaba ocioso el baño, máxime, dada la poca higiene de los godos, pero para el sucesor de Witiza aquello, amén de suponer la pérdida del reino, le costaría la vida.  Los años transcurridos no trajeron una merma en la cantidad del crimen ni en la calidad, que el estudio de nuestro profesor no va de historia del derecho, más bien de derecho penal. Y ya en nuestros días, tras haber superado una tregua ficticia de los adalides de la deserción de las ideas, de la imposición de las armas, llegamos al punto muerto, un punto asesinado por la intransigencia bárbara de aquellos que, sin ser extranjeros, secuestraron al raciocinio.

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