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MUERTE POR DERECHO

por el príncipe de las mareas

MUERTE POR DERECHO

 

            Podían haber sonado las doce campanadas en el reloj imaginario, pero ni hablamos de Cenicienta, ni aquí se exige puntualidad extrema para según qué asuntos. En realidad, apenas daban las diez de una mañana demasiado clara para estar a finales de febrero. La biblioteca estaba abarrotada de prendas de abrigo, de folios desperdigados, y algún que otro libro de texto de las asignaturas que componían el elenco de las materias impartidas en esta facultad adscrita a la Universidad hispalense. El recién incorporado no presentaba el aspecto de un alumno tradicional, si bien podía serlo, dado que el aprendizaje durante toda la vida está más que admitido en las remozadas aulas; aunque no parecía este el caso. Los cabellos entre escasos y enmarañados, se disputaban el privilegio de esconder o desenmascarar la fisonomía del que tiene aspecto de erudito compulsivo. Este hombre enjuto, de maneras delicadas y gesto adusto, se persona cada vez que tiene ocasión, es como si una llamada secreta le anunciara la hora de valerse de los libros. Se llama Manuel, don Manuel para los compañeros más jóvenes, y profesor Campos para el alumnado; y al parecer de todos, es hombre de sabiduría excelsa. Sus manos febriles repasan las hojas amarillentas de un incunable del siglo pasado, sus ojos penetrantes se afianzan en la lectura de las líneas que tejen una maraña de signos conocidos. Con avaricia golosa va recitando entre dientes las líneas impresas con letra sinuosa, como si el escriba tratara de ornamentar más que describir los sucesos allí marrados.

            El hecho ni había pasado desapercibido, ni había sido constatado en el orden del día. Ya anochecía, el vigilante nocturno se había personado embutido en su uniforme gris con ribetes azules en la raya del pantalón. Las luces exteriores habían cedido su protagonismo a las interiores, a las que prestas para su cometido, habían sido prendidas del pecho de la cubierta acristalada que sufría los embates de la lluvia, cada vez que el pronóstico del tiempo se equivocaba. Colgado del objeto que pareciera conformar las cervicales de un animal prehistórico, se balanceaba como un péndulo de menor tamaño que el de Foucault. Aovillado sobre sí mismo en posición fetal y sujeto por una soga anudada a sus pies, se diría que quien fuera el que pendiera de ese horrible objeto amorfo, y que algunos considerarán arte, había confundido la posición de los murciélagos cuando duermen. El vigilante no se ha percatado de la situación, tal vez debido a la ya de por si monstruosa figura que decora y preside la planta baja del edificio, no ha reparado en el apéndice humano enganchado a sus vuelos.

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