Cosecha propia
—«Fede», ¿dónde te has metido? —Llama la madre en la inopia de lo acontecido— ¡Hijo!, —grita asustada ante la eventualidad hecha realidad en su mente.
Corre, aceza, el corazón pugna por salirse del pecho constreñido, compungida ante la sola idea de que su hijo haya caído en la premonición que le asaltara un momento antes. El silencio ha mandado callar a los anteriores: tierra, piedra, matas y niño han enmudecido. La mujer ya ha recorrido dos, tres veces el corto tramo de vereda que transita por cuarta vez, deambula sin saber si las voces que oye salen de su propia garganta o, acaso le llegan lejanas, profundas desde la garganta del río, allá, varias decenas de metros más abajo. Las lágrimas brotan sin control y empapan sus mejillas, las emborronan al mezclarse el sudor con el polvo de la vereda aposentado sobre un rostro roto, una cara descompuesta, una boca que no absorbe el reguero que le llega desde los ojos desencajados. ¡Pánico!, ese es el sentimiento más veraz que se puede desprender de su persona, un miedo atroz a esa realidad que ya se ha configurado como única posibilidad que explique la ausencia, ya abandono, de la figura menuda que hace solo unos instantes suplicaba su ayuda no acertada a prestarse a causa de una sordera no constatada hasta ahora.
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