La Catedral del Mar
Cuando leí la Catedral del Mar, no acabé de vislumbrar los motivos que habían consagrado el libro como best seller. Comienza el libro con fuerza, arrostrando las miserias de una época, en la que el pobre no valía más que un cuartillo de cebada, donde el poderoso —al igual que ahora, como siempre ha sido— se arrogaba los privilegios. A partir de la huida de Estañol, el siervo de la gleba que había sido humillado por su señor con el derecho de pernada, la historia se diluye entre sus privaciones, dolores y tristezas. Ni el ascenso social del hijo —el verdadero protagonista— ni el intento por atraernos a una ciudad medieval como Barcelona, centro de la actividad mercantil del Mediterráneo, ni la aparición de la Inquisición —fuente de inspiración de muchos relatos— consiguen que me agarre a las páginas, que acaban perdiéndose entre mis dedos. Ahora, esta obra se ha llevado a la televisión, y nada menos que de la mano de los que pergeñaron series tan afamadas como Isabel o Carlos, series cuyos cimientos históricos la capacitaban para el éxito. La Catedral del Mar televisiva, al igual que el libro arranca fuerte, incluso consiguió aparcar mi escepticismo, pero… los dos siguientes capítulos han venido a confirmar mis sospechas de que estamos ante un producto mediocre, que nunca podía dar para ocho entregas.
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