El Postigo del aceite
Mientras camina va imbuido en sus pensamientos, apenas si
nota el tráfico que circula a su alrededor o el aroma de los álamos
tísicos que escoltan la avenida. Cruza la calle y se adentra en terrenos
apenas conquistados por la población mundana, dominios arcanos
de una raza que llegó y se instaló hace ya muchos años sin
que nadie se atreviera a arrugar el ceño, o enfrentar las narices por
miedo a que se las sajaran. No lo ha hecho por hombría, no es un
acto irreflexivo ni una apuesta aderezada con la pimienta del riesgo;
Damián ha entrado en el limbo de la civilización sin haberse
percatado de que se está jugando algo más que el reloj de pulsera.
Se detiene y observa cómo es observado por ojos escrutadores,
por tajos secos que se distienden en una caricatura de sonrisa, en
un amago de festejo inesperado. Las sombras están vivas, son figuras
enjutas, trazadas por la mano de la adversidad sobre un lienzo
de miseria, drogas, prostitución y navajas afiladas; cuando no una
pistola oculta tras la línea de la vida. Se mueven, se agitan en espasmos
más o menos sincronizados, los movimientos certeros no
acaban de expresar si les seguirán otros de más enjundia o sólo son
muestras externas de que aún están vivos. Reacciona, abre las manos
y las cierra como un pistolero presto al duelo de su muerte,
cierra los ojos, los abre y gira con lentitud al son que le tocan las
figuras ennegrecidas que defienden la esquina del bloque amarillo.
El rebuzno podría poner una nota de humor si no fuera porque
el que lo ha proferido, forma parte inseparable de esta comunidad.
La sombra más cercana gesticula con una mugrienta mano, desesperación
no es lo que siente pero sí curiosidad, es como si este
personaje colado de rondón en sus tablas se hubiera escapado de
otra página no escrita para esta función. Damián parece ensimismado,
es como si el sol que azota su cabeza sin cubrir, se hubiera vuelto impertinente y no le dejara calibrar sus propias acciones,
sus movimientos cadenciosos que esperan una orden para salir disparado
de un lugar no apto para neófitos, en un mundo irreal para
la mayoría de los sevillanos pero, de incalculable prosapia para los
residentes del barrio más temido de Sevilla. ¿Qué hace aquí?, ¿qué
ha venido a buscar? Estas preguntas, podían circular de los labios
de las marionetas descarnadas que recostadas sobre la pared observan
avezadas, a las mismas mientes de Damián, que parecen desconcertadas
ante la osadía del que creían un hombre asentado. El
rapaz de apenas seis años ha cruzado la calle con la velocidad de
una liebre, todavía ha sacado presteza para limpiarse las narices supurantes
con la manga de la camisa. La gorda del vestido de colores
y pechos exuberantes se aparta un mechón de cabellos que le
obstaculiza la visión, se baja la mano al sexo con desdén y amaga
hacia Damián un gesto lascivo que este recoge con una sonrisa
condescendiente; el tocado con gorra oscura y patillas de rufián
recrimina sin palabras la obscenidad y se echa mano a la cintura
dejándola allí posada, a la espera de nuevas órdenes que cumplir.
No se arredra, cruza en pos del zagal y mira de soslayo al enteco
de patillas, sin modificar su caminar seguro. No le hablan, no
le tocan ni le dirigen más mirada que las de rigor ya caducadas en
un tiempo marchito.
—¿Se puede saber
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