Capítulo 12. Fauna local
Capítulo 12. Fauna local
Hacía calor pese a estar en verano, la puerta entrecerrada parecía decir: “molestias las imprescindibles”. No había botijo, el último se rompió hacía ya dos estíos por causa de la manía del panadero, y es que siempre obsequiaba a los presentes con un trago de agua fresca. La mala fortuna y el poco arte para aferrar el barro humedecido hicieron añicos al cantarillo de piporro.
- Buenas tardes, venía a poner un juicio.
- ¿Con Jurado Popular? Pregunta con un tono de sorna el guardia de puertas
- Del PSOE, ¿Tiene algo que ver la política con esto? Se extraña la denunciante.
- Le digo que los juicios pueden ser populares o con juez, abogados y todos sus avíos ¡Vamos como unas buenas lentejas!
- No se lo que me habla señor agente, solo quiero poner un juicio por violación.
- Usted lo que quiere es poner una denuncia. Bien, cuénteme como sucedieron los hechos. La vecina que apareció ataviada con una falda negra hasta los tobillos, blusa del mismo color carente de cromatismo alguno y rodete atado a la nuca con una goma, entreabre la boca y la cierra, se sonroja un tanto y mira a Manuel como sin saber si la pregunta va en serio, o el uniformado que la mira con seriedad le está tomando el pelo encanecido.
- Mire usted, ha sido como son esas cosas, ya sabe… le subió la falda y… No me refiero a eso señora, quiero decir si hubo forzamiento.
- Mi muchacha no anda muy bien, es cosa de nacimiento. Con voz más apagada y acercando su boca velluda a la oreja de su interlocutor: Es retrasada.
- Comprendo, ¿Qué edad tiene la niña?
- Treinta y dos hizo en mayo.
A eso de las seis, aún hacía un calor propio de latitudes más cercanas al Ecuador, y la ausencia del botijo se manifestaba como una desgracia que jamás debió acaecer. El panadero llevaba demasiados años acercando su furgoneta cargada de pan a las dependencias cuarteleras, tantos que la costumbre inveterada se había permutado en una confianza rayana en la hermandad.
El vecino argumentaba con aspavientos y frotándose con fruición las posaderas, era como un molino de reducido tamaño, vociferando hasta que sus facciones se relajaron en presencia del guardia que le miraba inquisitivamente. Manuel no pudo evitar una sonrisa cuando el acalorado residente le terminó de referir la anécdota acaecida no haría una hora de ello.
“…Y el animal de la clase cercopitecos…” - Mi teniente yo he puesto mono en las diligencias.
- No importa, que el cabo las rehaga y haga constar la procedencia ilegal del simio.
El primate fue localizado encaramado en un naranjo del parque. Santos el municipal le anestesió con un certero disparo que dio con los huesos del animal en el suelo.
- Buenas tardes, que me habían citado por el asunto de la Juliana. Se persona con aire displicente el susodicho, varón de unos cuarenta años, complexión fuerte, escaso cabello y pantalones rotos a la altura de las nalgas.
- ¿Se confiesa culpable de los cargos que se le imputan? Le espeta más que imputa Manuel.
- Con todos los respetos señor agente, yo no me confieso ni ante el cura, y sí, es bastante puta ¡Que quiere que le diga! Absténgase de comentarios fuera de lugar y conteste solo a lo que se le pregunte. Su madre dice que usted la ha violado: ¿Yo? Sí hombre, y las mil pesetas que le di ¿qué?, bien que las cogió y se las guardó en el sostén.
- Le he dicho que mantenga la compostura o le encierro en el calabozo ¿Yació con la vecina de esta localidad de nombre Juliana Santamaría?
Perdona Manuel, que dice el teniente que te hagas cargo del mono hasta que lleguen los del SEPRONA. (Servicio para la Protección de la Naturaleza). Eso de cuidar monos era una faceta para la que no estaba preparado, al menos eso fue lo que quedó demostrado a tenor de los acontecimientos que siguieron a la orden del teniente. El cercopitecos se alojó en una jaula de perdices que había arrumbada encima de un armario, pero antes de ello mordió en el trasero al presunto violador que tuvo que ser atendido por el practicante del pueblo, éste le inyectó la antitetánica y le mandó a su casa.
A eso de las siete, asomó los galones el cabo por el cuarto de puertas, miró a Manuel y luego a la jaula con gesto de extrañeza, así que demandó del guardia de puertas una explicación al respecto: Estamos esperando al SEPRONA, dice el teniente que vendrán a buscarlo mañana por la mañana.
- ¿Y ese mono es peligroso?
- Depende de la cercanía.
- ¿Qué pasa que hay monos de cercanías y de largo recorrido como los trenes?
- Le ha mordido al violador de la “tonta”, así que no es de fiar.
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