Despido libre
Ya no estamos en la sociedad del trueque, ni la de la caverna, donde unos cazaban para todos; ahora la vida gira en torno al trabajo. El trabajo proporciona los ingresos necesarios para organizar un modelo de subsistencia, una manera de asegurarse si no el futuro, al menos sí el presente. Todo cuesta dinero, no se puede vivir sin unos emolumentos mínimos que abastezcan las necesidades básicas, secundarias o de ocio.
Hay quien propugna el despido libre, sin más connotaciones ni más argumentos posibles. Un despido libre significa que cualquier empleado pueda ser removido de su puesto de trabajo sin más. Esa persona despedida, se verá abocada a perder la seguridad que esos ingresos perdidos le arrebatarán. Se verá convertido en un paria de la noche a la mañana, ya no tendrá una visión temporal de la sociedad que le rodea, se verá privado de los derechos que hubiera consolidado a lo largo de su periplo laboral. Los que preconizan las bondades del despido libre son los que están colocados tras esa línea que les separa de los que dependen de un trabajo para subsistir, son los que se plantean una sociedad sin defensa posible ante la argumentación banal de una mejora en la producción, una motivación en el engranaje productivo; una mengua de derechos a cambio de un incremento en los beneficios del empresario.
Los derechos laborales no son una parte ajena al derecho de las personas, al revés, están interconectados con estos para que la realización personal sea una realidad, una constante en el entramado jurídico en el que nos han encasillado. No se trata de verlo desde el prisma de la economía entreverada de avaricia, yo lo veo desde la realidad social de los derechos a los que una persona aspira en un Estado de Derecho.
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