Dos vehículos, tres muertos
El sonido del vehículo se acercaba con frenesí desacostumbrado en la carretera nacional; bastante más sosegado el crujir de los frenos de la furgoneta blanca. El carnicero trapichea con la matanza de este invierno, la calle Girón de Velasco se tiñe de luto adelantándose a la ribera del Duero, que discurre ajeno a lo que acontezca en la puerta de la carnicería. La niña mira a su hermano y luego sonríe a su padre, éste no le devuelve la sonrisa, la furgoneta blanca estaciona, Juan ha salido con unas morcillas de encargo, no va lejos, le da tiempo regresar antes de que el Seat 124 de color blanco y motor trastocado, doble la curva que le encara al pueblo. Su conductor no ha alcanzado los dieciséis años pero alcanza sin problemas los ciento sesenta kilómetros por hora, se cree un maestro en eso de la conducción y eso que los “civiles” como ellos, los gitanos llaman a los uniformados del Puesto, le tienen avisado que se ande con cuidado, que le tienen en el punto de mira. Juan regresa y recrimina al conductor de la furgoneta blanca, -éste rebusca unos papeles, tal vez unas facturas que esgrimir ante el que le censura - al otro, al padre, no le da tiempo a nada- por estacionar justo delante de la puerta de su negocio. El Seat 124 conducido por el menor de raza gitana acaba de rebasar el río, solo quedan unos metros que no son suficientes para detener el vehículo que se ha salido de la calzada por la velocidad excesiva con la que ha tomado la curva. Excesiva a todas luces la reacción del conductor, Juan le ha reprendido y éste ha respondido esgrimiendo un cuchillo de dimensiones considerables que portaba bajo el asiento. Reluce la hoja, brillan los ojos paternos ante la pérdida ya constatada de su descendencia en edad tan temprana. El gitano huye como alma que persigue el diablo, se aleja del vehículo que acaba de arrollar la silla plegable, y a la hermana del que dormitaba en ésta ajeno como lo está Juan, de que una simple reconvención le cueste la vida. El padre queda roto como la silla, la niña desmadejada en el suelo como una muñeca desechada, el hermano, el que dormitaba sin que vuelva a despertar lo encuentran los civiles a varios metros de allí, lleva pintada en su rostro la inocencia de no haber tenido conciencia de quien y por qué le acaba de arrebatar la vida
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