Los del reclutamiento
~~ Quiso el destino que la mañana del sorteo a filas, el teniente de infantería Ramón Alcebes fuera el destinado a recaudar almas para la guerra. Se encontraba recostado sobre la pared encalada del consistorio cuando le tocó en suerte a Lázaro quedar en reserva para un posterior llamamiento, ya que su quinta había de cumplir el servicio en Tánger. Lucrecia era una joven de ojos almendrados y boca sonrojada, tanto como la cara del teniente cuando acertó a verla pasar con el cántaro a la cadera. Estuvo a punto de caerse de la silla del respingo que sacudió su cuerpo, pero la cal adherida a la pared tras varias decenas de capas absorbió el impacto, y el militar no dio con los huesos en el suelo. Tres meses estuvieron los del reclutamiento en el pueblo, noventa y tres días de mensajes cifrados que el radiotelegrafista de Ingenieros había empleado en perfeccionar su destreza con el Morse. No estaba muy conforme Lázaro con la estancia prolongada en exceso de los militares en el pueblo, de hecho, Eustasio, que no alcanzaba los quince años de edad, estuvo al tanto de las maniobras del teniente, sin que nadie le alertara de los menesteres de sus mayores. El párroco, un hombre anciano, casi ciego y aficionado al clarete, no veía con buenos ojos los devaneos del de la caja de reclutamiento con la que en su día casara con el destinado en Tánger. Lázaro pasó de reservista provisional, a pasajero en el vapor que cruzaba el Estrecho de Gibraltar aquella mañana de Mayo, ya casi entrados en Junio. Amaneció brumosa la mañana, unas nubes bajas de calima se habían asentado con la impertinencia propia de las que bajan de la Sierra sin haber sido invitadas. En la peña descansaba el mosquetón del soldado que había subido sudoroso a cuenta del aviso del rapaz. Eustasio había descubierto el cuerpo guiado por su nariz afinada en los asuntos de las componendas, y es que desde niño ya apuntaba maneras de los remedios del mal en las carnes ajenas. El teniente, o lo que había sido el oficial de reclutamiento, mostraba un color amoratado, como si hubiera sufrido una asfixia repentina, y ese hubiera sido el diagnóstico que el practicante, a falta de médico hubiera emitido si no fuera por el tajo que le segaba la garganta desde la oreja izquierda hasta pasada la nuez. Un tajo limpio, de matarife de mercado de Zafra cuanto menos. El soldado no sabía que era lo que tenía que hacer, a sus veintitrés años era la primera vez que le asesinaban a su oficial al mando, y el sargento hacía dos meses que había marchado a la capital con los expedientes del reclutamiento. Eustasio, que pese a su juventud estaba más cuajado que el uniformado, se hizo cargo de cargar al muerto en el burro de Anselmo, que a la postre, terminaría destinado en la Guinea como batidor de un teniente coronel de artillería. Lo bajaron al pueblo y lo descargaron cual saca de harina en el consultorio del practicante. Muerte por acuchillamiento, fue el veredicto final que dictó. El cabo de la Guardia civil del pueblo vecino consignó en las diligencias que el muerto, un oficial del ejército español, tenía abierta la bragueta y la verga asomando descolgada sobre el muslo derecho.
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