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Cuiudadano a tus zapatos

por el príncipe de las mareas

~~ El administrado no debe perder de vista, que el que ejerce las funciones de administrador, siempre buscará una rentabilidad a corto o largo plazo. Esa rentabilidad no tiene por qué ser siempre económica, en muchas ocasiones lo que se pretende es una ventaja social, política o un simple ejercicio de discriminación clasista. El ciudadano viene obligado a cumplir los dictados del gobernante, de hecho, si no lo hace sin presentar la mínima oposición, aquel procurará constreñir sus posibilidades de defensa con todos los elementos de que disponga, que por cierto son muchos y muy eficaces. ¿Dónde radica muchas veces el problema? En esa falta de perspectiva, en ese olvido puntual de la historia de cada pueblo. Cuando el gobernante da muestras de su agresiva voracidad, el gobernado debería calibrar los efectos no ya de esa actitud, sino de las propias consecuencias que su reacción pueda conllevar. Si el gobierno ocupa el espacio que debe corresponder al ciudadano, éste no debe empujar con violencia para desalojarlo, al contrario, debe ceder en ese momento y contraatacar con las leyes en los tribunales, así el gobernante se verá amonestado por el tercer poder. La realidad es bien distinta, el asaltado en sus derechos se rebela de manera harto ilustrativa mostrando una acometividad esperada por aquel que le ha puesto la trampa para que entre en ese juego de que la violencia solo puede ser combatida con violencia. Supongamos una manifestación pacífica que propugna que los derechos vulnerados vuelvan a restablecerse. El convocante debe ser consciente que esos elementos subversivos que se autodenominan antisistema, en el fondo no son más que vulgares “mamporreros”, vehículos propicios para desacreditar una reivindicación legítima, y convertirla en un ejemplo más de lo que la violencia del administrado, no puede ni debe perturbar a esa gran mayoría que permanece ajena a sus embates. El error mayúsculo será hacerles ese juego, presentarse como alteradores del orden social, porque ellos, los que han fraguado ese desorden, se verán legitimados para legislar con medidas más acordes con esa represión a la que aspiran. Tenemos clara la idea en estos dos últimos años. El gobierno se ha visto acometido desde varios frentes, multitud de manifestaciones, huelgas, conatos de asaltos a las instituciones. Esta violencia deslegitimada en las formas, ha dado pie a que los hostigadores se hayan convertido en instigadores de un Código penal represivo, o una ley de seguridad ciudadana coactiva, que no coercitiva como debería ser su función.

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