¿Policía? sí, gracias
~~ Ser Policía o Guardia Civil es una profesión de riesgo. Lástima que muchas veces el peligro venga desde dentro de sus propias filas. Las Fuerzas y Cuerpos de seguridad tienen una misión encomendada, que no es otra que la de velar por el cumplimiento de la ley. En ocasiones esa función puede resultar estimulante o incluso tener un reconocimiento, en otras no deja de tener los sinsabores del cumplimiento de una orden que no se ajusta al concepto de ley propiamente dicho. El individuo que forma parte de ese colectivo se ve identificado como un todo, sin que haya lugar a personalizaciones por tal o cual actuación. Las alegrías suelen ser escasas, apenas esa satisfacción del deber cumplido; las penurias sin embargo sobrepasan con creces su día a día. El simple hecho de vestir el uniforme y salir a la calle supone un ejercicio de valentía que pocas veces obtiene la recompensa debida. Salarios escasos, motivaciones mínimas, responsabilidades enormes, incluso la posibilidad de disponer de la vida ajena en un momento dado. Sobre la cabeza de este uniformado penden infinidad de espadas de Damocles que apenas contienen la tensión de una mísera crin de caballo, espada que en alguna ocasión ha resultado tan literal como una catana en manos de un enajenado, sin obviar cualquier tipo de arma prohibida o no, agazapada para darle alcance en un descuido desafortunado. Durante décadas han sufrido el embate terrorista en silencio, pagando con sangre propia un tributo ajeno, han soportado con estoicismo el capricho desafortunado del político de turno o la perturbación transitoria de sus cuadros de mandos; han compartido dolor, demagogia escarnecida, maltrato sicológico, desprecio generalizado mezcladas con unas migajas de reconocimiento pasajero. Ahora se les ha puesto en la picota por aquellos que en su ruindad más absoluta deberían velar por que estos hombres y mujeres de azul o verde, velen por los demás. Ceuta ha supuesto el escarnio para la Guardia Civil, Madrid para la Policía. Hemos llegado al punto en el que las instituciones corruptas, devaluadas y denostadas por los administrados, no encuentran otra salida que la cobarde huida hacia adelante. Mientras asolan la nación, al tiempo que destruyen cualquier atisbo de esperanza, se esconden bajo el escudo de aquel al que arrojan a las turbas, claman una democracia que ellos mismos han corrompido y presentan a los culpables de que los derechos no se respeten. La Policía y la Guardia Civil están para masacrar a los que libremente reivindican sus derechos, los apalean con saña por el placer de hacerlo, utilizan medios antidisturbios con la idea preconcebida de causar lesiones en los pacíficos ciudadanos. Los mandos policiales apesabrados en los establos institucionales, los políticos en su etapa tal vez más miserable, son los causantes de que hoy, las FF y CC de seguridad del Estado estén siendo no ya denostados hasta el paroxismo, sino que pretenden, les exigen a aquellos una inmolación colectiva. Todo ello naturalmente con el fin supremo del interés general.
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