Lo que le viento se llevó
España cotizaba al alza, la prosperidad asomaba sus bigotes por cualquier solar edificado, las calles surgían como setas y las rotondas eran inauguradas como los pantanos en su día. Surgieron obras megalíticas como aeropuertos, palacios de congreso, estaciones del AVE, autopistas de peaje o circuitos de carrera. Se financiaba la homosexualidad en Zimbawe, se creaban agencias, oficinas internacionales, se regalaban los dineros al por mayor, se coqueteaba con los dirigentes mundiales, primero con los Busch, Cheney o Blair, luego con los Evos, Castro o Chavez.
Ha transcurrido apenas una década, y ya no somos lo que éramos, la joya de la corona europea, mundial; alianza de civilizaciones, anillo de poder que los gobernaría a todos, incluido el negro reticente y díscolo de la Casa Blanca. Hoy somos un país empobrecido, término con el que el profesor Roldan tilda a los que sin ser pobres, han caído en la pobreza. Caso típico sería la Argentina peronista que siendo una nación rica, se ha visto al borde del caos por causa y efecto de sus dirigentes.
Cuando se esfumó la voluptuosa sensación de grandeza, cuando los mercados exigieron el pago de la factura de la dilapidación institucional, se nos vino el mundo al suelo. Maldición o castigo bíblico por haber adorado a un becerro de oro que no era ni siquiera bravo, se nos condenó a vagar por la travesía de la miseria sin más amparo, que una lejana esperanza de que este paréntesis cíclico para algunos, perpetuo para otros, y sin atisbos de vuelta atrás para la mayoría, se tornara llevadero bajo la tutela de nuestros gobernantes. No ha sido así, de hecho las cosas han empeorado si cabe, dada la merma de patrimonio económico, social, en derechos y libertades acaecidas hasta ahora.
Cuando nos convencimos que eremos grandes, cuando los dineros fluían como ríos de desmesura, nadie se percató que lo que viene va, que lo que no se guarda se pierde, y que lo perdido no se encuentra por mucho que se busque tras los entresijos de nuestra falta de previsión ¿Esos flujos con dirección a las arcas públicas no provenían del trabajo? ¿No se debía a la alta cotización del contribuyente, del asalariado? ¿No era consecuencia del esfuerzo del que hoy, pasa calamidades? Nuestros dirigentes olvidan que su estatus lo mantenemos los que día a día arrimamos el hombro, los que con esfuerzo y sacrificio aportamos el oro para que una vez fundido, ellos vuelvan a erigir otro becerro que nos ofrecerán en adoración sumisa, como única salida a nuestros males. Y todos en formación, alineados y alienados, serviles y obedientes, volveremos a surcar los caminos de la opulencia de ellos; cruzaremos por sus tierras abonando el tributo, el peaje por el uso de lo que un día debió ser nuestro, pero que tan gustosamente les cedimos; primero en arrendamiento, luego en usufructo y finalmente en propiedad. No debemos olvidar que la prescripción adquisitiva sin título válido, solo precisa de treinta años, los que ya hemos cumplido como si de una máxima pena se tratara. La conocida como usucapión, ya hace un lustro que se hizo realidad en los derechos de los españoles, ya no somos dueños de nuestro destino, se lo hemos cedido a los que, a buen seguro, nos encadenarán a nuestros propios sueños.
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