Siempre he tenido apego a mis tradiciones, de hecho he procurado transmitir
Siempre he tenido apego a mis tradiciones, de hecho he procurado transmitir algunas de ellas, las que he considerado importantes como señas de identidad. Nací en Andalucía, y el año comenzaba en Enero, que aunque parezca una tontería, no deja de serlo. Para la primavera no nos quedaba otro remedio que esperar al 21 de marzo, tanto en el pueblo en que nací, como en los demás en los que fui recalando hasta llegar a Sevilla, no había Corte inglés que nos advirtiera de un adelanto de esta estación. En verano hacía calor y nos bañábamos en río, que las playas eran cosa de turistas y cursis de capital. En Navidad poníamos el Belén; siempre he odiado al obeso ese vestido de rojo, a lo largo de mi vida lo he visto como un intruso, un personaje ficticio que nos quieren imponer los “progres”, y que con el tiempo descubrí que no era otra cosa que una idea comercial de los mismos que nos adelantan la primavera a Febrero. Así, había excusa para consumir, gastar dos veces en lugar de una. “¿Qué me ha traído papá Noel? Yo lo tenía claro: “Papa no es y mamá tampoco, así que te esperas a Reyes”.
Mi bandera no era otra que los amigos, mi himno se recitaba en las clases, en la calle, en los solares cercanos. Era el grito de guerra de la libertad cuando salías del colegio, ese era nuestro único opresor. Cuanto deben añorar los niños de hoy esos lugares plagados de mil posibilidades, ahora no tienen espacio ni para jugar al balón sin molestar al vecino. Por cierto el vecino residía en Alemania, Francia o Suiza, eran emigrantes que sudaban el pan de sus hijos en esas tierras que hoy, nos resultan tan cercanas, pero entonces solo eran quimeras en las palabras del que veía a su padre unas pocas veces al año.
Tras muchos años aprendiendo que tu tierra es única, que tanto el clima como las gentes, como las fiestas son únicas, diferentes. Me pregunto si esto no será nacionalismo, si el hecho de aferrarse a unas costumbres aprendidas, heredadas, no nos separe del resto aunque una parte de ese resto resida a escasos kilómetros de donde lo hacemos aquellos, que seguimos creyendo que el respeto a los mayores debe seguir vigente, que la tolerancia no es más que la aceptación de la opinión del contario, aunque el vocablo pretende representar una enjundia que realmente no tiene. Que cuando mi madre me inculcaba las reglas de la convivencia, y mi padre me enseñaba que una persona instruida es más libre, acepta de mejor grado las diferencias con los demás, no era más que la constatación de que todo aquello que divide, que aglutina en un reducto que considera único, que huye de lo ajeno aunque no deje de ser común, consiste en un ejercicio de aldeanismo puro, de estupidez palmaria.
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