No era muy tarde, apenas si habían sonado las once en el crotorar de las
No era muy tarde, apenas si habían sonado las once en el crotorar de las cigüeñas del campanario. El párroco asomaba de vez en cuando, era como si esperara con la impaciencia monocolor la llegada de los que aún no habían arribado al puerto de embarque de la odisea homérica que les esperaba. El vehículo mal llamado policial, descansaba de una larga travesía, acaso ya habría alcanzado los ciento sesenta mil km desde que salió de Valladolid allá por los años setenta. El párroco se frota las manos blanquecinas, sus nudillos parecen esos panecillos que venden en bolsas y que ni dios sabe como se denominan. Relata por lo bajini alguna imprecación laica de esas no aptas para emisarios de la palabra del Señor, pero que suelen resultar muy elocuentes cuando la desesperación asoma por la comisura de los labios tintos en el vino de misa. No es que sea un ribera del Duero, que lo es, lo que pasa es que la angustia desconsolada de creer que el mozo se ha vuelto laico le enturbia el pensamiento ¿o ha sido el lingotazo de hace un rato?
La emisora del que viste como el real Betis aborta una retahíla de palabras sueltas, incoherentes para el profano en lenguaje tan amañado para no ser descifrado precisamente, por aquellos que no profesan el culto a la Pilarica. Vuelve a sonar una entrecortada alusión a algo que no se conoce, parece una plegaria imperativa con voz recia y tronadora desde las tripas del desvencijado, y apellidado 4L. Frente a esta pantomima de idílica escena rural se ubica el bar de Julio, o como le conocen todos los vecinos, el bar del “calamaro” por que tiene los brazos largos y nervudos como una jibia. El mostrador o barra de cinc adornada con las rodetes de los vasos sin calzar, se asoma obsequioso nada más entrar, así como la máquina tragaperras y Jacinto, el guardia veterano que acodado sobre la anterior observa absorto la espuma desaparecida de una cerveza añeja. Jacinto lleva treinta y un años en el Cuerpo y dieciocho en el Puesto, porta una prominente barriga, fruto de sus largos años de bota, chacinas, y malas comidas encima del capó del que espera afuera. La cigüeña ha recordado los cuartos, y el cura se ha recogido en la penumbra de la sacristía, los novios ya han llegado. Ella como no podía ser menos, va de blanco inmaculado pese a los tres meses que alumbran su vientre, él, el novio, va de uniforme. Ella tiene veinte años, él apenas si llega a los cuarenta. El párroco asoma sigiloso, tan solo un roce de su alba con la estola verdosa que adorna su cuello tachonado de pecas rojizas. Porta un cirio que entrega a los contrayentes, con tan mala fortuna que a punto está de prender en el tul de la novia; gracias a la destreza del civil que supo hacer converger sus aptitudes adquiridas en los GAR, y su falta de decisión para llevar a acabo su ingreso en tan admirada especialidad cuando estando destinado en Logroño y le propusieron hacer el curso.
Jacinto no ha visto llegar el Citroen visa que ha estacionado justo al lado del Renault verde y blanco, el “calamaro”, distraído con los enjuagues de un vaso tampoco ¿Y el compañero? ¿Es que tampoco ha visto llegar al capitán con la clara idea de vigilar la papeleta? El párroco distendido en su homilía no tiene prisa, motivo por el cual el novio, se ve en la necesidad de apremiarle ¿Padre se puede dar prisa? Es que a las doce tenemos presentación en el molino, y el capitán es de los que no perdonan una vigilancia.
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