La constitución europea murió de parto, apenas alumbrada fue abatida por
La constitución europea murió de parto, apenas alumbrada fue abatida por los parteros de varias naciones agnósticas a su posible legado. Sus señorías, esos que viajan sin doblar las rodillas por miedo a una flebitis, vieron peligrar el invento, atemorizados ante la posible pérdida de sus prebendas corrieron en busca de una solución. Cuatro años tardó en quedarse preñada de nuevo esta Europa esterilizada por tantos abortos sufridos, cuatro años para parir un nuevo vástago no de origen germano, franco o británico, resultó ser portugués el alumbrado. A la puesta de largo del luso lisboeta, acudieron todos en masa, no se aventuraron a invitar a los díscolos ciudadanos, no fuera que se decantaran por el infanticidio prematuro y dejaran a sus señorías sin argumentos con los que argamasar las fisuras fronterizas.
Año y medio después de lo que hoy llamamos el tratado de Lisboa, comprobamos como la falacia del invento se ha quedado en una novela de sobremesa, donde los papeles ya no los interpretan unos sudamericanos de habla hermana, sino más bien aquellos que cual san Pedro contemporáneo nos niega tres veces y las que haga falta. Arduas negociaciones nos costaron el sí premonitorio de una negativa postrera, no lo pusieron fácil los socios del club europeo, al menos no tanto como a los desharrapados que con una mano delante y la otra también en actitud pedigüeña, fueron aceptados en la última ampliación de la Unión.
Por un momento nos creímos capaces de emular a los Estados Unidos, y así una unión económica fraguada en los sesenta se convertiría en una unión política donde la vieja Europa se transformara en la casa de todos los que moramos desde los Balcanes hasta el atlántico y desde Laponia hasta las columnas de Hércules. Y tan ufanos y engreídos nos llamamos Unión europea, y tras los discursos, parabienes, promesas de lealtad, reglamentos, directivas unificadoras y zarandajas de políticos nos dispusimos a comulgar todos con la misma piedra de molino no acometido por el orate hidalgo.
No deja de tener su gracia que tras haber superado las diferencias religiosas, tras haber aceptado por fin las fronteras que tanta sangre derramó – si exceptuamos el enclave de macacos que aún permanece en manos británicas-, tras confraternizar con los enemigos naturales, nos veamos abocados a una nueva lucha, a un nuevo desencuentro internacional por causa de una cucurbitácea, un pepino hablando en plata. Los germanos, esos que siempre han destacado por su saber hacer –incluso la guerra-, esos doctos europeos que nos dan lecciones de economía un día sí y otro también, han asesinado al mensajero y nos echan el muerto a los defensores de la ensalada y el gazpacho. Ahora resulta que nuestros pepinos se han dotado de un arma letal llamada ecoli y nos dedicamos a envenenar alemanes como si de justicieros judíos se tratara.
Toda esta perorata de Unión, de hermandad de naciones y toda esta monserga han quedado a los pies de los caballos a la primera de cambio. Primero fueron las vacas inglesas las que perdieron la cabeza, luego unas pobres aves de corral cogieron la gripe, luego esa gripe fue consignada con la letra A. Ahora nos tocaba a nosotros ser los afectados por los intereses de holandeses piratas que inoculan la discordia en los pepinos de Almería. Prestos están los agricultores franceses para pescar en rio revuelto y aprovechar el veto a los productos españoles. Rauda anduvo la teutona en escurrir la responsabilidad y calumniar al vecino y amigo.
La Unión ha pecado de desfachatez, la Comisión europea esconde la cabeza bajo el ala cual avestruz sordo y ciego que no quiere ver más allá de sus responsabilidades, el gobierno español, inmerso en su hara kiri particular no está para asuntos de Estado, que bastante tienen con lamerse las heridas sufridas tras las elecciones. Mientras tanto, el campo español y concretamente la zona oriental de Andalucía se muere, fenece en la agonía provocada por las arteras maneras de unos piratas modernos que nos han colocado el sayo azafranado de los condenados.
¿Indignados? Si todos los afectados se decidieran a acampar bajo el balcón de la desgraciada hamburguesa de palabra maldita, sí que hablaríamos de pluralidad. Que se lo digan a los senegaleses, marroquíes, rumanos y españoles que se cuecen en su jugo bajo las carpas de plástico del árido Almería, a los polacos que sufragan sus días en la fresa de Huelva o a cualquiera que había previsto adormecer el hambre con unas peonadas en este sur maldito, por no saber despertarse de una vez y romper las cadenas que le atan y subyugan como bien cantaba Jarcha en los tiempos de la canción protesta.
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