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Federico vive con su madre, ya que su padre lo hace con la botella de

por el príncipe de las mareas

Federico vive con su madre, ya que su padre lo hace con la botella de amontillado que adquiere todos los días en la taberna. No tiene abuela, nunca la tuvo para que le regalara la oreja como podía haberlo hecho con su hermana, que nació sin ésta. Su abuelo, don Cornelio era padre soltero. Cuando cumplió los veintitrés y tras venir licenciado del norte de África donde sirvió a las órdenes del general Ramón de Echagüe, se presentó con la criatura envuelta en el capote militar y berreando como lo haría un ternero destetado. No la entregó en la inclusa, por que no había en el pueblo y la más cercana distaba sus buenas cuarenta millas. La crio él solo, con la única ayuda de una sirvienta que hacía las veces de nodriza y amante en las noches de luna clara, cuando el futuro estraperlista, militar y aventurero, dormía plácidamente bañado por los reflejos plateados de Selene.
A pesar de haber cumplido los cuarenta, aun se conserva casto, intacto y tan célibe como el caballo de Anselmo, que murió sin conocer yegua. No es esto cuestión que le perturbe el ánimo, si bien ciertas inquietudes se ralentizan en su bajo vientre cada vez que se acuerda de la negra. Ésta era de tez morena y hoyuelo en la barbilla, un hoyuelo que se distendía hasta las orejas cada vez que sonreía la muy condenada. Lo hacía con ganas, sin aspavientos de manos alzadas y revuelo de faldas, pero con la consistencia que podía emplear un camionero en la carretera de la Plata. En infinidad de ocasiones la negra le había propuesto jugar a los médicos, pero él siempre se negaba alegando que no había estudiado medicina. Un día la negra se marchó del pueblo, nadie supo jamás de su destino, aunque todos imaginaban que éste sería más oscuro que su propia piel. Serían las seis de la tarde, quizá pasaran diez minutos por el reloj del campanario, ese que albergaba una solitaria campana de bronce bruñido, con manchas verdosas, herrumbre de orines sulfatados. El reloj atrasaba desde el día que los de la aviación pasaron cerca, casi rozando el pináculo de la veleta que lo corona. Era verano, la hora temprano, no más allá de la madrugada cuando el sonido de los aparatos despertara a don Ginés, que dormía plácidamente sobre el colchón de borra de su cama de hierro. Contó hasta tres aviones, aunque en realidad pasaron raseando el campanario más de nueve. No se levantó de la cama, acostumbrado a madrugar pensó que aquello podía ser un mal presagio. Sumergido entre las sábanas de franela permaneció inerte hasta pasadas las dos del mediodía.

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