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Capítulo 2 El tren traquetea sobre los interminables raíles. Los

por el príncipe de las mareas


Capítulo 2

El tren traquetea sobre los interminables raíles. Los veloces postes, hieráticos como guerreros enfundados en sus uniformes ajados, mostrando las cicatrices de innumerables batallas. La lluvia, el sol, la nieve y el despiadado cierzo se suceden como elementos de una procesión sevillana, pero sin cirios ni nazarenos. A través de la empañada ventanilla se puede contemplar la vastedad del terreno y la sobriedad de los cultivos, el cereal es el protagonista indiscutible. Damián vuelve el rostro hacia la puerta del compartimiento, el revisor acaba de asomar su afilada nariz bajo unos viejos lentes. Dos personas más viajan sentadas frente al soldado, el uno es un hombre de unos sesenta años, grueso con abultada papada que pugna y sufre por asomarse por encima del nudo de la corbata. La otra es una muchacha de poco más de veinte años. La joven se subió en la estación de Vitoria, sus ojos son grises, acerados y resulta atractiva a primera vista. Damián lo hizo en Burgos donde se halla por motivos ajenos a su voluntad, pero no a la del Jefe del Estado. Recorrió varios de los atestados vagones y tropezó con éste, solo tres ocupantes de los cuales uno, un hombre joven, se había apeado en Venta de baños. La joven trastea con un libro de formato voluminoso, por la manera de pasar las páginas y las miradas huidizas que le ha lanzado, se diría que está poco interesada en la lectura. El señor de la papada tras dar un resoplido se ha quedado dormido, o ya lo estaba y ninguno de sus dos acompañantes se había percatado de ésta circunstancia. El uniformado se ha removido en su asiento de plástico azul, se arrebuja en su gabardina y se hace el dormido, al tiempo que descubre por el rabillo del ojo la mirada gris, que trata de escabullirse al presentir que ha sido descubierta. La sonrisa del soldado ha salido incólume y se vuelve a agazapar en los labios del durmiente.
La megafonía de la estación le despierta, incorporándose a medias, atisba a través del cristal, una leve desaceleración, y el tren se detiene unos metros más adelante: “Cinco minutos, pueden apearse si lo desean”. Todavía medio amodorrado se pone de pie y se encamina hacia la puerta del compartimiento, el voluminoso vecino continúa con su respiración agresiva, la muchacha de mirada gris ha desaparecido. El frío le da en el rostro afeitado y se sube el cuello del tres cuartos, su mirada circular se topa con la leyenda: Alcázar de San Juan. Consulta su reloj, las siete de la tarde darán dentro de tres minutos. La estación se halla bastante animada a pesar del frío que se deja sentir por todo el andén. El factor de gorra roja está conversando con el maquinista sin soltar la bandera de su mano derecha, la conversación no distrae a Damián que se encamina directamente hacia el interior del edificio. Un café, un paquete de tabaco, y la megafonía les recuerda a los pasajeros que ya ha transcurrido el tiempo ofertado. – “Señores pasajeros, vamos a continuar viaje” - El tren se pone en marcha confundiendo sus resoplidos con los del acompañante de Damián. Al sentarse de nuevo buscando el calor de su gabardina, ha descubierto que faltan los ojos grises. Reacciona mecánicamente y atisba por la ventanilla que comienza a desplazarse lentamente. No la ve, se incorpora y sale al pasillo. Nadie. Un tanto angustiado por la pérdida se deja caer en su asiento y cierra los ojos, musitando algunas palabras inaudibles.
El frenazo en plena noche le despierta, la sombra que acapara toda la puerta no deja de mover la cabeza en uno y otro sentido.- ¿Ocurre algo? Interroga Damián. La sombra se da la vuelta mostrando su cara lunar – estamos detenidos en mitad de las vías -. Para un habitual de este tipo de trenes no reviste ninguna novedad el hecho de detenerse, puede tratarse de una cesión de paso a otro tren de mayor prioridad, o simplemente alguna parada técnica. El soldado se envuelve en su tres cuartos en el intento de volver a conciliar su sueño interrumpido, al cabo de unos quince minutos nota el leve traqueteo; ya están en marcha de nuevo.
Las palabras que salen del techo le sacan de sus sueños, al abrir los ojos lo primero que ve son otros mirándole a él. Se incorpora, se despoja de la prenda de abrigo y mira con una media sonrisa a la mirada acerada que todavía no se ha retirado. - “Así que ha vuelto” - son los pensamientos de Damián. La joven le devuelve la sonrisa y se incorpora. Debe de andar por el metro setenta de estatura, cabello castaño claro y corto. Los pantalones vaqueros le rozan el suyo de tejido áspero y color caqui al pasar tan cerca. Se dirige al pasillo, antes de que pueda reaccionar y seguirla, el corpulento hombre de la corbata enterrada en grasa se ha puesto de pie y ha oscurecido la poca luz de la luna que se filtraba. Cuando consigue apearse, solo puede ver el letrero que indica el nombre de la estación: Córdoba.

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