capítulo III
Si el señor alcalde hubiese tenido noticia del asunto, no hubiera se demorado más de lo imprescindible en comunicar con el puesto de la Guardia Civil. Llegaron a media tarde según la confidencia de Ana, aunque hubo quien predijo que lo hicieron de madrugada. Eran cinco uniformados con vestimenta militar, y portando unas carabinas del 22, al parecer las mismas que habían utilizado para cometer la fechoría. Siete vehículos del pueblo amanecieron con las ruedas destrozadas, nada de pinchazos fáciles de arreglar. Todos presentaban unas pintadas con tintas rojas y azules, todos habían sufrido los mismos daños, ninguno tenía seguro.
Adalberto se mofaba de los afectados parapetado tras la barra de cinc, frontera natural entre sus dominios y los de la clientela que escasa, aun se atizaba un buen trago de aguardiente a eso de las siete de la mañana antes de encaminar sus pasos hacia los campos. No cayeron bien sus comentarios sobre los hechos denunciados en el cuartelillo de Navaconcejo, menos las risotadas a costa de los afectados por el acto vandálico de los uniformados que asaltaron el pueblo auspiciados por las sombras que la luna oculta, no se atrevió a dispersar. No hubo que lamentar pérdida dental alguna en las fauces de mesero, pero poco faltó para que Ramón le practicara una ortodoncia en su maltrecha dentadura, suerte que estuvo al quite Isaías que había sido novillero en Salamanca allá por los años de la república. Isaías presumía de haber lidiado con el maestro Molina, conocido por todos como “Lagartijo”. No se le dieron bien las cosas al peón de brega, una cogida le apartó definitivamente del albero, y eso que fue atendido por el cirujano más avezado en aquellos contornos. Le salvó la vida y la pierna por este orden, pero no pudo hacer lo mismo con las agallas del Niño de la Sierra, que así se hacía llamar el Isaías. La cornada apenas si interesó la femoral, pero lo suficiente como para haberle dejado más seco que el olmo de Machado si no hubiera sido por la intervención rápida y certera de la cuadrilla. En volandas como si hubiera triunfado lo llevaron hasta la enfermería donde sería operado tres semanas antes de que se cortara una coleta que nunca tuvo.
Adalberto ni se percató del riesgo esquivado, seguía mofándose cuando Ramón abandonó el bar montado sobre su propia cólera y la rabia de no haber podido sacudirle en los morros.
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