¿Qué nos queda?
A veces se habla de llegar a un punto de inflexión para referirnos al momento en que algo cambia inexorablemente. Aprobar unas oposiciones, que te detecten un cáncer terminal, o ganar el premio nobel de literatura. En la sociedad actual, la política supone el argumento más cercano a nuestras vidas; mas que el Derecho, la economía o las relaciones sexuales. Pues bien, la política creo que ha alcanzado su punto de inflexión. Los que tenemos una edad, hemos conocido, incluso algunos hemos estudiado, que los políticos son una cosa, y la política otra. Por hablar de nuestra historia reciente, hemos tenido políticos capaces, políticos leales, incluso políticos capaces de combinar ambas cualidades. Por desgracia, o por ley, según se mire, los políticos estan sujetos a una siglas, unos partidos y unas normas que les constriñen (ya sea de manera voluntaria o aprendida) a comportarse de manera poco o nada adecuada a las necesidades de la gente, los que sufrimos sus desvaríos, sus ínfulas o sus personalismos que tanto daño acaban haciéndonos. No se trata de identificarse con unas siglas, ni con unos estereotipos ni etiquetas que solo traen pugnas, enfrentamientos y caos. Supongamos que esa dualidad izquierda derecha fuera cierta. Gerardo Iglesias era un tipo integro, Carrillo fue capaz de dejar atrás su pasado ominoso y volverse un demócrata práctico y solvente, Llamazares, con sus limitaciones era leal, y Julio Anguita un hombre culto, quizá un sabio, que alcanzó la paz interior. Todos ellos comunistas. Fraga, cual culebra de escalera mudó la piel y paso del franquismo a aceptar las reglas de la democracia; Suarez, falangista del régimen nos condujo por la senda de la libertad, y Aznar engrandecería eso que llamamos España, allende de nuestras fronteras. Estos últimos de derecha. Hasta el mal llamado centro, puesto que no existe como tal, ha contado recientemente con un hombre de valía: Rivera, al que su sucesora, Arrimadas, ha condenado al ostracismo por su perfidia mal disimulada. Felipe González fue grande; grande en corrupción y en capacidad política, quizá uno de nuestros mayores referentes de nuestra historia reciente. Pero llegó el punto de inflexión, donde la mediocridad, el personalismo chabacano y narcisista de gente de escala o nula valía se apropiaron de nuestro destino donde el insubstancial Rajoy y el sátiro desbocado de Zapatero fraguaron las peores pesadillas. Recogieron el testigo un triste y apocado Casado, un felón alejado de la épica como Sánchez, Narciso que debió naufragar en el lago antes de tocar tierra firme, o el doctor infierno, el Rasputín de asamblea y mesa camilla, el diablo Asmodeus Iglesias. ¿Qué nos queda? Poco, la verdad sea dicha. ¿Macarena Olona, formidable parlamentaria, mediocre gestora de sus tiempos? ¿Moreno Bonilla, moderado y previsor?, ¿Margarita Robles, austera, y sobria en sus planteamientos? Mal camino transitamos, malas compañías nos escoltan; que Dios nos coja confesados y con las alforjas prestas.
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