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VIno, vidi, vici

por el príncipe de las mareas

Acababa de presentar mi libro en el centro cultural Padre Manuel. Mis lectores, que no superaban la veintena entre hermanos, cuñadas, sobrinos, primos y mi tía María, me propusieron ir a tomar algo. Ya que estamos, pido un ribera, sin apellidos, que todo el mundo sabe que lo que quiero es una copa de Ribera del Duero. Llega el mesero y me trae la copa; dos dedos de un vino tinto que me recuerda la bolsa que se balancea sobre una especie de balanza con una numeración digital, cada vez que me acerco a donar sangre a la parroquia de Los Remedios. Lo pruebo. «Perdone. Le digo. Esto no es un Ribera». Se acerca el camarero con cara de entendido. Coge la copa, la mira. Se marcha con ella en la mano. Regresa con la copa y una botella en la otra. Me la muestra con cierta solemnidad, como dándome a entender que no entiendo de vinos. En realidad no soy un experto en la materia, pero sí que sé distinguir un Ribera de un Rioja. Miro la botella. El camarero la gira para que vea el etiquetado. Me ajusto las gafas y leo: «Bodegas de la Viña, Ciudad Real. Tinto de mesa». Levanto la mirada, me quito las gafas y le digo al que orgulloso, con ese punto de pedantería propio  del que no sabe de lo que habla, pero que se cree maestro en las artes de la enología:

—¿Y? —Le digo.

Me responde con aires de suficiencia: «Pues aquí lo tiene. Lo que usted ha pedido».

La familia por su parte, ajena a mi desencuentro con este señor, repasa la carta que nos había dejado encima de la mesa. Sorprendido por la actitud del que cree que ha ganado la partida, le digo:

—He pedido un Ribera del Duero, y que yo sepa, éste no pasa por Ciudad Real. Además, escuche lo que le digo:

«La parada obligatoria en la localidad de Padilla del Duero, donde el queso de ortigas demostraba que amén de la leche de oveja, para hacer un buen queso bien vale cualquier tipo de ingrediente. En esta pequeña pedanía tenía su domicilio Víctor, vecino de pelo cano, estatura baja, corazón grande y una bodega de su propiedad excavada en las entrañas de la tierra. Para quien nunca ha pisado una de estas bodegas artesanas, rústicas y primitivas, la sensación que producía al descender los escasos peldaños era de puro misticismo. Una temperatura acorde con lo esperado en estos casos, la humedad enclaustrada dando la bienvenida a sus dominios, y una sensación de hallarse dentro de una novela de Charles Dickens. La bodega de Víctor al igual que otras muchas que salpican la geografía vallisoletana es modesta, unifamiliar, que solo abre sus entrañas a los visitantes elegidos por su legítimo dueño. El suelo es de tierra y piedra, las paredes se sujetan sin problemas sobre la roca excavada, en parte por la naturaleza, en parte por la destreza de Víctor. Un par de barricas de roble americano y alguna otra más pequeña para el trasvase definitivo. Según los lugareños, el mosto debe fermentar en las barricas el tiempo necesario según el tipo de vino que se quiera conseguir, transcurrido el tiempo estipulado —al menos un año—, se trasvasa a otros recipientes más modestos en eso de la alcurnia del barril o barrica. El vino del año anterior se suele conservar en botellas rematadas por un corcho de chaparro y manteniendo la inclinación justa para que este permanezca siempre humedecido por los caldos ribereños del Duero. Ni que decir tiene, que éste es un vino excelente, que compite sin elocuencias mal entendidas con otros de la misma zona, pero sin el alarde que suele concebir el etiquetado.

El camarero se queda mirándome extasiado y me contesta:

—¿Y?

Hasta ahí podíamos llegar. ¿Cómo que “Y”? Pues sepa usted caballero, que de joven, gustaba de tomarme una copa de coñac. Con el tiempo, aprendería que no era tal bebida afrancesada lo que cataba, sino un vino fermentado al que llamaron Brandewijn. Me dejaría pasmado (como el cuarto de los Felipes, al que la desgracia personal persiguió durante su reinado) la palabreja de origen holandés. Esa variante alemana que se hablaba en los dominios de los Austrias. Aficionados a castellanizar todo aquello susceptible de ser hablado por estas tierras, acabamos por llamar brandy a esta bebida espiritosa: un buen brandy, —siempre de Jerez— posee la cualidad de levantar los ánimos al que lleve una copa a sus labios. Sentado queda que mi afición al café, copa y puro, se deslizaba por el licor ambarino de Jerez, y la faria, gallega. El café acabaría perdiendo su prestancia para derivar en un descafeinado alejado de mis expectativas».

Mi tía María se vuelve y me dice: Tú tío Paco era aficionado al coñac. Gustaba de tomarse una copita antes de abrir el bar. Sabes que abría muy temprano para la gente del campo se tomara el aguardiente antes de partirse el lomo en esas tierras de labranza. La mayoría eran aparceros, gente que no sacaba ni para pagarse las copas. Pero ya sabes cómo era tu tío, siempre… «Disculpe. Interrumpe el dueño del mesón. ¿Hay algún problema con el vino?» Pregunta acercándose solícito.

—Lo hay. Le digo.

—¿No es de su agrado? —Pregunta interesado.

Mi tía, a la que habían dejado con la palabra en la boca, se distrae con la hija, que le muestra la carta asintiendo a lo que le muestra.

—¿Conoce el vino de Pitarra? —Le pregunto.

—No tengo el gusto. —Me contesta.

—Pues sepa usted, que ese vino se da por tierras extremeñas. Como el Oporto es de Portugal, el Montilla de Córdoba, el de Cigales y el de Rueda de Valladolid; sin menospreciar el Pesquera de Duero, el Protos de Peñafiel, el blanco de Rueda. Mire, le voy a contar una historia de las tierras extremeñas:

«La casa estaba situada en la calle Barrancos, un estrecho pasadizo coronado por una viga de madera maciza surcada por vetas más oscuras, veredas que no llevan a parte alguna. La vivienda tenía otra puerta enfrentada a la fuente, lugar de peregrinaje para todo aquel que pretendiera o pretendiese, a alguna moza del pueblo. No, no estaba proscrito el enamoramiento local, solo, que al foráneo con pretensiones se le penalizaba con este rito bautismal. Manuel, el patriarca de la familia, el cabeza visible e indiscutible, con cincuenta años cumplidos se vería empujado a marchar en pos de su Anastasia, la esposa recogida que le había tomado la delantera en la huida tras las hijas: casaderas algunas, otras, ya casadas con gente de la tierra, una buena tierra si tuviera buen señor. Hoy están aquí, y ayer, que ya hace una semana que llegaron barruntando los males gestados en la naturaleza de la vida, qué no es ésta dada a pasar por alto las penalidades de sus vasallos. La casa es vieja, incompleta a todas luces, aunque acogedora en la lumbre; no en vano el viento aúlla cual lobo desterrado tras la sierra de Candelario, hermana pequeña y celosa de la de Béjar; hijas ambas del Sistema Central.

—Arrímame las tenazas mujer, que voy a revolver ese tocón.

—Será por manos, —se queja la esposa—. Ni que fuera la tronca de un olivo.

Arrebata Manuel de las manos de Anastasia las tenazas pedidas, que no solicitadas. Manuel siempre ha tenido cabras a su cargo, un rebaño escaso, el necesario para sufragar las hambres de los hijos en las ubres repletas. Anastasia porfía a que las quiere más que a ella misma; incluso se atrevería a aventurar, que más que a sus propios hijos. Los ocho puestos en fila. Él no la escucha, no entra en estas apuestas sin fondo, que no es hombre de disputas.

—¿Y esto se va a alargar mucho? Pregunta a la hija, la pequeña, la que se casó con un guardia civil.

—A saberse lo que disponen los del gobierno. El otro día llamé a mi marido, y me dijo que se ha decretado el Estado de Alarma, y que nos confinan a todos hasta nueva orden.

El padre, tío Manolo, como le dicen en el pueblo, no acaba de creerse la chanza del encierro. «¿Cómo se va a quedar la gente en casa sin pisar la calle? Esto debe ser cosa de algún maleante de esos que traen al pueblo de cabeza con la política». Piensa debajo de la gorra de visera. En el Norte suele usar la Txapela negra, pero aquí, en su pueblo, se toca con una gorra de visera.   

—Habiendo patatas, que digan lo que quieran. —Se incorpora Anastasia.

—Mamá, las patatas no lo son todo en la vida. —Rebate la hija, la pequeña, la que vive en la costa—. Eso era en tus tiempos, que no teníais otra cosa que comer que patatas y alguna cabra que mataba padre.

Manuel calla, su mirada alojada en las llamas parece querer quemarse, dejarse la vista allí, lejos de esta realidad que le ha tocado vivir en el ocaso de sus días. A sus ochenta y dos años habría que sumarle los tres que anduvieron perdidos los papeles del padrón, pero esa es otra historia. Anastasia trastea con un paño en la mano. Es incansable, no puede estarse quieta ni un momento.

—¡Cago en diez! —Se rebulle Manuel.

Tío Manolo se sacude el pantalón de pana, un pantalón lavado por Anastasia en la pila de la segunda planta. Dos plantas y un altillo componen la casa; una buhardilla cruzada de vigas recias de pino barnizado. Allí se guardan arcanos tesoros, recuerdos de una edad añeja, vieja en la frágil memoria que ha olvidado incluso, los días en los que adelantándose a la sobriedad venidera, había escondido unos billetes manidos, descoloridos por el uso, sobados por las manos golosas que advertidas de lo que nadie sabía que vendría, habían escondido ese botín con el que enjugar las futuras penas.

—¿Qué le azoga padre? —Pregunta la hija.

—¡No ves que he derramado el vino! Mira que apenas me queda media arroba del que pisé el pasado año. De esta no salimos vivos. —Se deja decir el anciano.

—¡Siempre estas igual! —Le reprocha ella, la esposa— Pues yo no pienso morirme todavía, que me falta por conocer a mis nietos.

 —¡Como tienes pocos! —Se mofa el marido.

 —Hablo de los hijos de ésta —señala a la hija—, qué alguno traerá digo yo.

La hija no contesta, huye de la alusión y piensa: «Hijos, ¿para qué? Este mundo no es lugar de recibo para traerlos».

—Yo soy de Canalejas. —Me dice el dueño del mesón.

—¿Canalejas de Peñafiel? Lo conozco —Le digo sin esperar respuesta—. Buena gente; y buen vino. —Añado.

—Mi abuelo tenía una viña. —Me dice.

—Pues fíjese, que cuando murió mi padre, mi hermano mayor nos propuso poner una viñita en la finca que habíamos heredado.

—¿Y llegaron a pisar la uva? —Me pregunta con los ojos alegres.

—Se la comieron las ovejas. —Le contesto,

 

 

 

 

 

 

 

 

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