El Maosanchismo
De todas las posibles definiciones de alienación (religiosa, filosófica, o social), esta es la que más me convence: La alienación supone la pérdida de la autoconsciencia, de la capacidad del individuo para reconocerse a sí mismo en el mundo.
Se acaba el estado, pero la alarma continúa. En este año transcurrido se han producido situaciones propias de las dictaduras populistas para acabar en una suerte de maoísmo, un Maosanchismo propio de estados atrasados, tutelados por el gobierno en su pleno convencimiento de que mejor que sea el Estadio quien lo tenga todo bajo control. Nada de libertades colectivas o individuales, nada de libre albedrío ni libertad para desarrollar cada cual su personalidad dentro de los límites de un Estado de Derecho. ¡Horror, se acaba el estado de alarma! ¿Qué hacemos señor? Al final aquellas palabras (lo más probable un mito): ¡Perdónalos porque no saben lo que hacen!, van a resultar premonitorias. La gente es libre, no por naturaleza, sino porque se lo ha ganado a base de sacrificios, de años de enfrentamiento contra la tiranía. No estoy dispuesto a aceptar las imposiciones del primero que venga ungido con la verdad absoluta. Las sociedades libres poseen mecanismos para defenderse de aquellos que no aceptan el contrato social —como diría Rousseau— como forma de convivencia pacífica. Si hay botellones no culpo a sus organizadores, si la gente se aglomera en locales, tiendas o plazas, si no cuidan de su propia salud, no es culpa suya; no al menos toda. Yo no circulo como me da la gana, no evado impuestos, ni quemo el monte, ni robo, ni violento a la gente, ni plagio, ni dejo de recoger los excrementos de mi perra. No lo hago por convicción; pero al que no, que se le apliquen las medidas coercitivas con las que cuenta el Estado. Medidas constitucionales, aceptables moralmente, recomendables socialmente.
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