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Bares, que lugares

por el príncipe de las mareas

Cuando bajo por el pan, suelo llevarme a la perra. En el corto trayecto hay tres bares que relucen bajo el sol del mediodía. El chino es el primero que me encuentro, y que ahora, desahuciadas las hermanas, el barbas y alguno que otro, solo sirve café para llevar; para llevarse a la boca los que, enganchados a su rutina, no pueden ni quieren renunciar a paladearlo en la puerta. Luego viene el Yuyo, con sus mesas desplegadas en perfecta formación. Con su servicio certero, con su higiene reglamentaria. Este bar es como una plaza de toros, con su sol y su sombra. Hasta el tendido del cinco, aunque la que se tienda sea mi perra mientras espera que me tome mi tercio de cerveza; llena ahí, vamos por la segunda. La última estación de este tabernumcrucis es el Peña, con su carpa de acuario para los días de viento. Sus mesas desparramadas a un lado y a al otro, que para eso tiene dos puertas. Hoy a la pasar, al igual que lo será mañana, la soledad, la tristeza, el abandono me escoltaran hasta la tienda. Cerrar los bares es matar nuestra cultura, asesinar nuestras costumbres, privarnos de la charla distendida, de la fraterna compañía. Solazarse con una cerveza fría, requebrarla con gusto, aferrada por la cintura, o agarrada por el cuello, para que no cuente más de lo que debe. No me gustan los bares cerrados, es como si las campanas de las iglesias tocaran a los muertos con esa cadencia lenta, acompasada al pesar de unas almas abandonadas a su suerte.

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