Cómo Cenicienta
—Agente, ¿hasta que hora se puede salir?
—¿Del armario?
—De casa.
—Hasta las once. En canarias hasta las diez, y en Cataluña no lo sé.
—¿Y sacar al perro?
—El perro tiene su mismo horario.
—Pues antes se sacaba a cualquier hora. ¡Estamos perdiendo derechos!
—Antes no era obligatoria la mascarilla.
—¿El perro debe llevar mascarilla?
—El perro no, usted sí.
—¿Con mascarilla se puede salir más allá de las once?
—No.
—Entonces, ¿Por qué me dice lo de la mascarilla?
—Para que distinga la nueva normalidad de la nueva ola.
—¿Eso no era lo de las fases?
—Ahora estamos en la restricción de movilidad.
—Mi vecino lleva muletas.
—Se refiere a los horarios.
—No se crea, que no tiene ninguno. Lo mismo lo ve en la calle a todas horas, que no la pisa.
—Su vecino es imprevisible.
—¡Qué va! si se le ve venir.
—Entonces es previsible.
—Está gordo.
—¿Es obeso?
—Creo que de Cádiz.
—No hay gordos en Cádiz.
—No los habrá en Etiopía.
—¿Ha estado allí?
—Nunca.
—¿Pensaba ir este año?
—¿Sin mascarilla? Quite, quite.
—Yo estuve a punto de ir.
—¿Qué se le ha perdido en Etiopía?
—Lo mismo que a usted en la calle después de la once.
—No se crea, que Cenicienta sale hasta las doce.
—Ella es una privilegiada.
—En el siglo XVII no había BOE.
—Los BOES los carga el diablo.
—Pero los publica el gobierno.
—Yo una vez publique un libro.
—¿Un libro sobre restricciones?
—Uno sobre una mujer que salía cuándo quería.
—Qué suerte tienen algunas.
—Ahora está en el paro.
—Movilidad reducida.
—Trabajaba en un bar, pero cerraron.
—¿Un bar cerrado? Eso no existe.
—Cosa de los ERTES.
—¿Eso no son las culebrillas?
—Eso son HERPES.
—¡Ah!
—Bueno pues me voy.
—Todavía no son las once.
—No me gusta Sabina.
—¿El cantante?
—¿No ha oído hablar del rapto de las sabinas?
—Nunca he estado en Roma.
—Ni en Etiopía.
—Pero estuve a punto.
—Y yo.
—¿De ir a Etiopía?
—De casarme con uno de Cádiz.
—Pero estaba gordo.
—Me dejó por una más joven.
—¡Cuanta veleidad!
—Pensaba que era divina.
—¿Y que tenía un tesoro?
—No era tan joven.
—Pero sí más que usted.
—Lo suficiente para estar delgada.
—No sé que le van a las flacas. Mi mujer pesa ochenta kilos y está estupenda.
—Mi marido pesa setenta y está gordo.
—Será bajito.
—Es etíope.
—Lo que son las cosas. Mi mujer es de Asturias.
—Suerte la suya.
—¿Y eso?
—Los dejan salir hasta las doce.
—Como a Cenicienta.
—Pero calza un cuarenta y dos.
—¿Y encuentra zapatos de ese número?
—De cristal no.
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