Coronamuertes
Al principio de todo esto, decía que el coronavirus era como el gordo de Navidad, que estaba muy repartido. Acerté en la estadística, pero no en la previsión. Cuando calculaba 1000 muertos para el martes, ya los habíamos alcanzado el domingo anterior. Ahora, ya he perdido la cuenta de los que han quedado por el camino. Un camino incierto, y de escaso recorrido, como mucho, hasta la tienda de la esquina. Hoy no tenemos muertos, sí tenemos muertes, pero eso solo son cifras, datos que nos relatan desde la televisión. Los muertos son otra cosa, aquí las cifras, los datos, dejan la frialdad de los guarismos, para pasar al desapego de la ignorancia. ¿A quién le preocupan los muertos? ¿A la hija, al hermano, a la sobrina, al nieto…? ¿Hablamos de muertes o de muertos? Yo me he perdido en ese laberinto informativo, en esa dinámica diaria, donde un día se parece al anterior, y este al venidero. Un ritmo lento de balcones y aplausos, de mascarillas ansiadas, de alocuciones políticas, de estados de alarma que se van alargando en el tiempo como una nube que todo lo cubre. Paciencia, esperanza, unidad, sensatez, responsabilidad, se nos exige desde los medios gubernativos. Ansiedad, miedo, desilusión, cansancio y escepticismo rezuma la gente. Algún día, esto habrá pasado y olvidaremos lo dejado atrás, lo que habremos perdido: libertad, sueños, añoranzas, ilusiones y sobre todo seres queridos. Personas que solo habrán sido unas cifras, unas estadísticas de curvas, picos y descensos. Olvidaremos a quien culpar, a quien exigir responsabilidades. Porque la responsabilidad solo y exclusivamente, es de quien la tiene en ese momento.
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