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¿Sobreviviré?

por el príncipe de las mareas

Tres días atrás había tenido un altercado con un armario de dos brazos en la puerta de la discoteca. El golpe le dejaría inconsciente hasta este momento en el que se incorporaba. Tenía frío, sus miembros entumecidos no le respondían, y su boca seca como el esparto le dolía cuando intentaba mover la mandíbula. A su alrededor nada se movía, nadie pasaba. Turbado y algo desorientado, se encamina a la discoteca en la que pretendía entrar el viernes pasado. Al cabo de unos pasos le detiene una pareja uniformada que le interroga de manera extraña:

                —¿Dónde va sin perro ni carro?

                «¿Carro? Se pregunta extrañado. ¿No se habrá despertado en sudamérica?»

                —¿Me pregunta por mi coche? No tengo. He venido andando.

                —Si no pasea al perro y no está comprando, no puede estar en la calle. Debe volver a su casa. —le dice el policía.

                No entiende nada, no sabe si sueña todavía, o es que no se le ha pasado el efecto del alcohol de la otra noche. ¿Qué noche? ¿Qué día es hoy? Se pregunta sin formularla a los agentes. Algo sucede, eso es seguro, pero ¿qué puede ser? Agentes —se dirige al que le interroga— ¿Qué es lo que pasa? ¿Por qué debo conducir el coche que no tengo, o pasear al perro que nunca he tenido?

                El policía le mira con suspicacia. ¿Le estará vacilando, o estará drogado? Tras aclarar lo del estado de alarma, le acompañaron a su domicilio; eso sí, guardando un metro de distancia entre ellos.

—Y no salga de casa, salvo fuerza mayor.

En su domicilio no había nadie. Sus padres, que tenían vivienda en la costa se habían marchado dos días atrás, y la hermana, que estaba casada con uno de su pueblo, ya llevaba desde el sábado por la mañana en la sierra. La nevera estaba vacía. Si bien, sus previsores padres le habían dejado varios rollos de papel higiénico en la entrada al cuarto de baño. Al principio pensó que habían tratado de levantar un muro con el papel, pero una nota sobre el televisor le prevenía:

—Hijo, hemos tenido que salir de urgencia. El gobierno amenaza con implantar el estado de alarma, volveremos cuando se levante el confinamiento. Te he dejado pollo que sobró de la cena. Cuídate.

No se había repuesto de la sorpresa, cuando le llega el sonido de unas palmas desde el balcón. Se asoma y ve a todo el vecindario aplaudiéndole a la tarde que languidece. Entra de nuevo y pone la televisión. Un tipo bajito está comentando algo sobre muertos, contagiados y no se cuantos de cuarentenas y medias de prevención. De repente, suena en las escaleras Mónica Naranjo y su sobreviviré. Lo achaca a la vecina del tercero, que desde que la dejó el marido, no deja de decir que con ella no puede nadie. Vuelve al sofá. Suena el timbre. ¿Quién es? Pegunta. Somos testigos de jehová, le contestan. Estamos aprovechando que la gente está en casa para hablarles de lo malas que son las transfusiones sanguíneas. Ya sabe, con esto del virus, es más fácil de contagiarse. No hay nadie, les responde. De vuelta al frigorífico ve con estupor que no hay ni una sola cerveza. Eso sí, está hasta arriba de yogures desnatados y bandejas de carne. Miles de bandejas de carne. ¿Y el pollo? Bueno, el pollo lleva tres días encima de la mesa con una servilleta por encima. Vuelve a la tele, una tertulia sobre el coronavirus. ¿El cuerno qué? Se pregunta, y termina por apagarla. Se acuesta sin cenar y antes de coger el sueño, escucha a través del tabique al Dúo Dinámico cantando aquello de resistiréeee… Seguro que se trata de María, la vecina de setenta y siete años que se quedó anclada en Nino Bravo y Cecilia. Por fin se duerme. El sol le despierta, sale a la calle y ve a María con el yorkshire, al chino cerrando la tienda, y una cola disciplinada guardando las distancias frente a la panadería. Todavía algo desorientado, se dirige al bar a desayunar. Cerrado. ¿Pero qué pasa aquí? Le pregunta al vecino del cuarto, ese al que le gusta el Madrid.

—¿Qué esperabas? Está todo cerrado por lo de la alarma —le contesta.

—¿Alarma? Pregunta. Sí. Alarma —le contestan de nuevo.

Un coche patrulla se detiene a su altura y le pregunta por el perro, o en su defecto, por el pan. No tengo perro, ni he comprado pan —les dice— pero, papel higiénico tengo todo el que quieran.

—Pues lo vas a necesitar —gruñe el policía— por que te vas a cagar con la multa que te voy a poner.

 

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