Leia y yo
He abierto los ojos, y me he encontrado a la perra sentada encima de mi cama mirándome fijamente. Le he preguntado si quiere salir, pero no me ha contestado, sino que se ha tirado de la cama y ha salido disparada en dirección a la puerta; evidentemente, he interpretado que me ha respondido que sí.
La perra ha salido a la terraza a ladrarle a un perro que pasaba por la acera que pega a la pista de tenis, que por cierto es nuestra, de la comunidad de vecinos. Tras su discurso más o menos agresivo se ha subido al sofá y se ha sentado a mi lado. En ese momento, terminaba el cuarto capítulo del libro que estoy tratando de leer.
—Leia, este libro me parece malo de narices.
Ella, la perra, me ha mirado con sus ojos despiertos y ha girada la cabeza, como si tratara de entender lo que acabo de decirle. Me he levantado y le he dicho;
—Anda, te voy a poner la cena.
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