Feudalismo político
El feudalismo ha vuelto, estamos a un paso del “derecho de pernada”. Sí, atrás habían quedado los vasallajes y el sometimiento, se había superado la esclavitud de los siervos de la gleba, incluso llegamos a creer que la dictadura no era tan mala si la comparábamos con aquella época en la que la vida estaba sujeta a una crin de caballo. Llegó eso que llamaron Transición, una época dorada en la que todos entendieron que había que dejar atrás esas prácticas tan denostadas en los libros de historia. Nos creímos que eso que denominaron democracia era como intervenir directamente en los asuntos que nos afectaban, e incluso que podríamos construir una nación que estuviera a la altura de la Europa codiciada, envidiada en los cines de Perpiñán y en la vuelta de los emigrados en pos de un chusco de pan que aquí se les negaba. Pronto llegaría el desencanto, la caída al suelo tras una levitación propia de seres asexuados. Comenzaron minando la separación de poderes, por considerar que las ideas de Montesquieu resultaban carcas en una sociedad tan madura como la nuestra, continuaron concentrando las funciones legislativas en manos de un grupo que ya marcaba la pauta de la vuelta al medievo, y acabaron por hacerse endogámicos, sangre de su sangre para conformar sus miembros. Ahora no tenemos nobleza, ahora tenemos políticos. Ya no tenemos siervos, ahora tenemos asalariados, parados y jubilados.
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