Sexo en los libros
¿Se imaginan a Sherlock Holmes, el personaje de Conan Doyle masturbándose? Yo tampoco, por eso me resulta chocante que en muchas novelas cuya temática está ajena al erotismo, sea un compendio del Kama Sutra. Una novela de misterio, de intriga, policiaca o de género encuadrado en este estilo, debería de huir del sexo como lo hace de la escatología o las canciones militares. En más de una ocasión cae en mis manos una novela de ese género y no es raro que al protagonista le hagan una felación, al policía le guste el sado, o el malo fornique de varias posturas con cualquiera que se preste. Da igual que la novela verse sobre una toma de rehenes, un manuscrito de la edad media, o la desarticulación de un comando terrorista: sexo, sexo y más sexo. Resultaría razonable que en un momento determinado la espía se tire al fulano porque es necesario para obtener una información, o que al impresor está copiando el Decamerón le entre un calentón (aunque se trate de una obra algo pusilánime), pero eso de meter sexo en cualquier escena como si de cine español de los ochenta se tratara, va un trecho. Seguro que ese policía va más veces al baño, que relaciones sexuales mantiene. Ese impresor, rehén o terrorista seguro que realizan tres comidas diarias, duermen seis u ocho horas, incluso se lavan los dientes con más frecuencia que follan.
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