ETA no perdona
Un hato de asesinos dice que, tras dejar de matar, ahora se disuelven. En ácido hubiera sido una buena solución, por aquello del doble juego de la palabra, pero al parecer solo lo hacen de manera escénica, bajando el telón rojo, teñido de sangre inocente. Hablar de ETA sería algo parecido a hacerlo de las Brigadas Rojas italianas, o del Holocausto judío en versión casera. Hablar de ETA sería hablar de una época ominosa, unos años malditos en los que la vida valía menos que una moneda de dos euros. ¿Cuánto hace ya? ¿50 años? Toda una vida soportando su vesania, su locura asesina que no cejaba en el empeño de arremeter a lo bestia contra cualquiera que simplemente estuviera vivo; porque para ser víctima de Eta solo se precisaba no ser afín a su emponzoñamiento, a su conducta alineada con el tiro en la nuca o la bomba lapa. No, no se trataba de una lucha armada como pretenden vendernos con toda la obscenidad los que pregona sus ideas, ¿ideas? Es un decir, colmo si queremos ver en el bramido de una vaca un atisbo de conjugación verbal. Se trataba, y siempre se ha tratado, de una imposición por la fuerza del disparo certero a bocajarro, o el asesinato indiscriminado con el lanzagranadas, la bomba lapa o el ametrallamiento. En fin, que, si alguien cree, sospecha o atisba la menor voluntad en esta panda de hijos de puta, que se lea el libro de Aramburo llamado Patria, que a lo mejor concilia sus remordimientos con la realidad, otra cosa es que esa realidad se parezca en algo a la salvaje e indiscriminada manera de asesinar a una población, por el simple hecho de que se les ponía en los cojones masacrar a la gente.
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