Estagos e insurreción
Cataluña no es una nación tal y como están conceptuados los territorios soberanos que tienen representación en la ONU. Las naciones modernas no son comunidades autónomas, no son estados federales ni territorios dependientes de una administración central o supraterritorial que los aglutina y dirige. Para muchos, tal vez para demasiados, el sentimentalismo confunde las ideas, y transmuta las ideologías. Los territorios no permanecen aislados, sino que se permeabilizan a través de las fronteras naturales que no políticas. Así, los valencianos son tan catalanes como los senegaleses residentes en la comunidad catalana, por mucho que unos cuantos interesados en medrar a costa de la cosa pública, hayan decidido permanecer al margen de toda lógica, y de la legalidad vigente en el territorio donde residen.
A vueltas con las soberanas ganas de crear su propia nación, algunos han creado una situación de desencuentros con el resto del estado español, que lleva trazas de enquistarse por tiempo indefinido. La ambigüedad de los dirigentes nacionales se ha visto aderezada con unas cucharadas de indolencia institucional, a la que se le ha agregado una taza de soberbia irredenta, y dos litros de estulticia. Una vez puesto al fuego de la insumisión, ésta pócima terminará cogiendo temperatura y puede –esperemos que no- hacer saltar la tapa de la olla por los aires.
Hace un par de días se ha producido un sabotaje en la línea férrea que une Madrid con Barcelona. El enlace rápido y seguro entre la capital del reino y la ciudad más importante de los irredentos, quedó interrumpido por unas horas ¿Será una muestra de las intenciones de los insurrectos? A priori podría pensarse que no, que la acción – un posible delito de estragos tipificado en el código penal español- hubiera sido perpetrada precisamente por los que radicalizados a la inversa, pretendan dar un escarmiento a los insumisos con la legalidad vigente.
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