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Capítulo 1. Aventuras y carreras

por el príncipe de las mareas

El perro canalla le traía por la calle de la amargura, no es que este fuese el nombre propiamente dicho, pero ambos vivían en la misma. El conato de hombre lo hacía en el número uno, y el engendro canino tres portales más arriba. Estaba achacoso y viejo, pero aún le quedaban fuerzas para ladrarle y perseguirle calle abajo cada vez que se encontraban. El muchacho se llamaba Ernesto, aunque todos lo llamaban Ernesto y rondaba los diez años. Era el cuarto de ocho hermanos, por lo que se quedó a un solo puesto del podio, el otro nunca supe cómo se llamó, pero sí que corría como un condenado a pesar de su edad. Aquella tarde fue gloriosa pese al susto mayúsculo que precedió a la euforia. Bajaba tranquilamente dirección a su casa, pero en el sentido opuesto a la misma, al ir distraído no se percató de que pasaba delante del portal de su odioso vecino, cuando éste surgió de los dominios de Hades en alocada persecución de la figura menuda que pasaba en ese instante. La carrera se prolongó durante unos treinta metros, el aliento fétido del cancerbero se mezclaba con el roce, casi vuelo de las zapatillas deportivas, cuando llegaron al final de la calle, ya que no había distancia suficiente para una maniobra de escape: O te tragabas la puerta de madera maciza o el perro te daba alcance. Allí se detuvo, la frontera imaginaria que delimitaba el territorio de éste lobo urbano finalizaba justamente en ese lugar. Con la lengua colgando entre los colmillos amarillentos y mil jadeos emprendió el regreso hasta sus dominios. Cuando el muchacho tuvo conciencia de lo ocurrido, sonrió para sí al tiempo que grababa en su memoria la tan grande gesta llevada a cabo. Había derrotado nada menos que a su enemigo juramentado, había cruzado el primero la meta salvadora. Quien echará ahora de menos ese bronce no conseguido por un solo puesto en el escalafón familiar, había alcanzado el oro olímpico. Siempre claro está con el permiso del barón de Coubertin. -Maldito espécimen de colmillos amarillos, confórmate con la plata -.

Meses más tarde el perro se murió, no sé si de viejo o por su mala sangre. No asistí a los funerales, tampoco se celebraron, así que no había motivo para ello. Cuando las ratas gordas como gatos de angora eran acechadas por nosotros mismos desde nuestras atalayas al borde justo de la carretera nueva, hacíamos acopio de piedras de tamaño medio y las colocamos a nuestro alrededor, siempre a mano, prestas por si asomaban allá abajo de los agujeros de la tapia que tenían la doble misión de desaguar los excedentes de la carretera en los días de lluvia y dar cobijo a éstos repugnantes animales de cola hirsuta y costumbres rastreras. Pasábamos horas acechándolas hasta que alguna asomaba con la prudencia típica de su especie y la mala conciencia de saber que sus excursiones nocturnas iban siempre encaminadas al saqueo de lo ajeno y al pillaje clandestino.

¡Le he dado a una!, grita Manolo exultante por la victoria pírrica, le miramos alborozados y con un punto de envidia por ser el primero y con el recelo de que también fuera el único. ¡Otra! levito yo con la dulce alegría que me produce la nueva captura y mi mirada circular se recrea entre los soldados allí apostados sin uniforme y armados de piedras como si fuéramos honderos baleares al servicio del general Aníbal. No menos aguerridos que aquellos en nuestros pocos años y con similar entusiasmo en la batalla.

Hay que replegar la Compañía, nuestras madres nos deben tener preparada la cena y no queremos correr riesgos innecesarios que mermen nuestras fuerzas en la próxima campaña. Los cadáveres de las tropas enemigas atestiguan que nuevamente la victoria ha estado de nuestro lado, más tarde quizás el comandante de los roedores ordenará que sean retirados del Armagedon para las exequias propias de ellas, que consistían en ser devoradas por las supervivientes para que sus almas ¿Tienen alma las ratas? Supongo que sí, no son personas pero a algún lugar tendrán que ir después de muertas. Este ritual caníbal no permitía desaprovechar la carne de su carne.

El sol está castigando el trigal que rodea como ola amarilla el pueblo, sus vaivenes hacen crujir en un susurro las espigas al roce amoroso, al arrullo con el que se acunan tratando de adormecerse en la hora del sesteo estival. No hay planes predeterminados para la jornada, la improvisación nos hace más libres en estos días de asueto sin colegio, la caída de la tarde es esperada como si fuéramos sitiadores de una ciudad amurallada que claudicara en las próximas horas, al no poder sostener por más tiempo la tensión, el acoso, el hambre. Que las propias espigas podían evitar si la situación adversa les diera una oportunidad de plantar cara, y asaeteándonos con sus espadas, nos pusieran en fuga haciéndonos desistir del cerco. Solo podréis resistir unos días más aunque nos retiremos, pronto otro ejército más poderoso vendrá a reclamar el tributo y pagareis con vuestras cabezas. Que cercenadas caerán al suelo en dantesco recuento.

Las tardes de verano son largas y dan la posibilidad de mil aventuras entre las almenas del castillo imaginario, razias en el río, escarceos amorosos homónimos de Platón y carentes de toda libido. Las miradas furtivas, las sonrisas blancas nos hacen portadores de bravuconadas y desafíos incruentos. Los torneos por la mano de la dama se repiten en la arena de las calles, de los campos...

El dueño de la huerta de naranjos que hay junto al río nos la tiene jurada, está cansado de que sus naranjas sean expoliadas para ser usadas como munición en nuestras justas. Le he visto varias veces montando guardia con el celo de un centinela junto a sus preciados naranjos con el cinturón en la mano, esperando que un descuido nuestro nos ponga al alcance de su justicia. Es en vano. Nuestra red de espionaje está tejida con las mejores fibras de la niñez y no creo que un rudo campesino pueda competir con nuestro ardor guerrero, ni contra nuestra sabiduría, que ya llevamos unos años de escuela y no nos vence cualquiera en eso de las letras.

Hoy hemos decidido realizar una hazaña para la que se necesita mucho arrojo y valor. Cerca del trigal a pocos metros de mi calle, han comenzado las obras del Cuartel de la Guardia Civil. No es cualquier construcción a la que desdeñemos por ser algo habitual, es de proporciones gigantescas. Creímos en un principio que lo que iban a construir era un castillo con torreones y almenas, con su foso inundado y plagado de animales terribles que no dudarán en devorar al incauto que resbale y caiga en sus profundidades abisales. Con su Torre del homenaje donde los caballeros serán recibidos por el conde señor de toda la tierra circundante. Juez y verdugo, rey y reo de su soledad en la compañía de la muchedumbre que se amparará en su poder para subsistir a la crudeza de los tiempos, y resistir los embates a los que sus propias vidas estaban sometidos. La muralla que circunda al castillo es de proporciones inmensas, ingentes cantidades de piedra deberían haber sido extraídas para su construcción, miles de esclavos habrían trabajado incesantes desde la salida del sol hasta que éste se ocultara detrás de la sierra; como si uno de nosotros se resguardara a las espaldas de un grandullón que nos protegiera de una amenaza real o imaginaria ¡Qué más da!, una amenaza es siempre una amenaza. Los esclavos serán conducidos por el dueño de la huerta de naranjos que los arreará con su cinturón en un intento de castigar en sus espaldas calcinadas las afrentas no cobradas en nosotros.

Los cimientos fueron lo primero que se construyó, y el agua filtrada del río próximo se encargó de darle la apariencia a nuestro foso que ya había saltado sobre sí mismo, de nuestra imaginación a la realidad. El dédalo de canales como una Venecia en miniatura nos proporciona la aventura que no habíamos planeado pero que no podemos dejar de aprovechar para realizar una batalla naval como las más grandes que realizaran los griegos de la antigüedad. Yo embarcaré con los más fieros en mi trirreme y arrojaré el guante del desafío al capitán del enemigo, ese matón de Carlos, que se cree muy fuerte porque tiene un hermano mayor con el que nos amenaza cuando no claudicamos a sus deseos. Hoy vas a pagarlas todas juntas, vas a saborear el agua cenagosa cuando tu embarcación se hunda bajo nuestro ataque. No sabrás nada de mi estrategia cuando te veas bloqueado en la dársena sin poder recibir el auxilio de tu hermano. Imploraras el perdón por tus atropellos y sufrirás el escarnio y las risas de mis huestes al verte vencido, humillado, descabalgado de tu pedestal ecuestre cuando a lomos de tu hermano, que no podrá auxiliarte ni ahora ni nunca, abusabas de nuestra cansada paciencia. Tu rendición será absoluta y yo en un alarde de grandeza, dejaré que te marches a tu casa bajo el juramento de no volver a avasallar a ninguno de los nuestros nunca más.

Todo estaba decidido, no había marcha atrás posible. El reto que nos habíamos impuesto no podía demorarse, era ahora o nunca. Llegamos hasta los cimientos en construcción y sorteamos quien sería el primero en saltar de una orilla a la otra. Le tocó a Luis, su cara angustiada reflejaba el miedo ante aquel brazo de mar que debía sortear con un salto. Tomó carrerilla y dándose el máximo impulso que sus piernas eran capaces de realizar, aterrizó en la margen opuesta con un grito de júbilo que nos infundió el valor que no nos sobraba a los que realizaríamos la gesta detrás de él. Uno a uno fuimos cayendo en tierra firme con un suspiro de alivio por habernos salvado de las garras de los demonios que nos acechaban en las profundidades.

- ¡El mono ha caído en la fosa! Nos volvimos rápidamente con el corazón acelerado, y mudos de terror, el mono estaba llorando con el agua hasta la cintura y las manos embarradas asiéndose a la resbaladiza pared de aquella trampa siniestra. Le ayudamos a salir y Fede "el mono", lloriqueando se miraba el arañazo que tenía en la rodilla izquierda. Le observamos durante unos segundos con más miedo que el suyo propio, absortos en su herida, y tras la vacilación le tratamos de confortar con palabras de aliento: No ha sido nada mono, solo un rasguño.

- Mi madre me mata cuando llegue a casa, gemía desesperado.

Fue la única víctima que se cobró ésta Escila, que por el simple hecho de no ser homérica, no dejaba de ser igual de peligrosa. La tarde ya no deparó más sorpresas, abatidos por el resultado de nuestra hazaña, nos fuimos retirando hasta nuestras casas con un suspiro de alivio de no haber sido nosotros los desafortunados en el lance.

Hoy no he podido salir a la calle, mi madre me ha dejado en cama a la espera del médico. Se llama don José, el otro se llama don Jesús. Normalmente quien se encarga de las visitas cuando estamos enfermos en don Jesús, pero está de vacaciones y no regresa hasta el viernes.

-Tiene un enfriamiento, y con un jarabe se le pasa en unos días.

La clausura obligada no me hace ninguna gracia, pero reconozco que no tengo muchos ánimos para andar danzando por ahí y prefiero estarme acostado. Tres días y estoy peor, mi madre está preocupada, seguramente me moriré y ya no podré batallar con las ratas ni con los naranjos ¿Quién salvará a la hija del conde encerrada en su castillo? Ella tampoco puede salir porque alguna madrastra malvada la tiene secuestrada envidiosa de su belleza. Bueno el castillo aún no se ha terminado de construir todavía, las murallas de piedra gris con el musgo aferrado como si le fuera la vida en ello, agarrándose con dedos sarmentosos a cada resquicio, entre las juntas se erigen imponentes. Si bien, puede servirse de ellos para descender y escapar de la malvada madrastra.

Seguro que la tiene en la torre más alta con una ventana pequeña y angosta para que no pueda asomarse y ver llegar a sus salvadores a lomos de escobas enjaezadas con una cuerda. Ataremos los improvisados caballos en la parte trasera del castillo para no ser vistos por los arqueros que custodian sus murallas y amparándonos en la oscuridad escalaremos hasta la torre... Hemos cometido un error de cálculo, de estrategia militar, debemos desistir de nuestra empresa. Con las prisas no elaboramos un plan y ahora nos encontramos que todavía es de día y podemos ser vistos fácilmente por los arqueros que flanquean la torre vigilada.

Es viernes, estoy peor que ayer, ya he asumido con mucho esfuerzo que me voy a morir. He tenido varias visitas de mis amigos, el primero que ha venido ha sido el mono, seguro que se cree que por eso va a heredar mis canicas. Ha estado lloroso como el día que se cayó en el foso. Cuando se ha marchado he pensado si me ocurrirá como a las ratas que matamos en el muro de la carretera, seguro que me comerán para no desperdiciar un cuerpo que puede alimentar a varios ¡Pues no me da la gana! yo no soy una rata, soy una persona a semejanza de Dios. Una vez me mostraron un cuadro de Goya que se titulaba "Saturno devorando a su propio hijo" ¿No querrán el Carlos y su hermano hacer lo mismo conmigo? Ha llegado don Jesús el otro médico. Ya ha regresado de vacaciones, mi madre le ha hecho pasar a la habitación y me está auscultando. Este es más joven y me da más confianza que el otro, parece mejor médico. Tiene una casa grande con un jardín y dos perros pastores alemanes, dicen que es porque tiene más dinero por ser mejor médico, supongo que se referirán a la casa, porque los perros será cosa que le agradan al buen hombre.

- Tiene el sarampión, dentro de poco le saldrán las pápulas características y en unos días más se recuperará. Que guarde cama estos días.

Así que tengo sarampión. Pues no sabía yo que el enfriamiento produjera sarampión, en fin que parece que me salvo de ésta. Olvídate de las canicas, y la madrastra que se vaya preparando que la vamos a tirar por la ventana al foso para que se la coman las fieras hambrientas.

Ha llegado la feria y han montado una plaza portátil para celebrar una corrida de toros. Me he salvado por los pelos, hace solo dos días que me han dejado salir después de mi enfermedad y estoy deseando ver los toros que han traído para la corrida de mañana. Los tienen en un camión cerrado que hay aparcado cerca de las obras del cuartel ¡Por fin nos hemos enterado que no era un castillo lo que van a construir! No tendrá ni foso ni muralla de piedra con el musgo aferrado a las grietas.

Dicen que no nos acerquemos al camión, porque los toros se ponen nerviosos y pueden volcarlo escapándose. Sería todo un espectáculo ver los toros corriendo por las calles, la gente asustada y despavorida huiría por doquier atropellándose unos a otros, en un sálvese quien pueda. Las fieras de mirada torva arremetiendo contra todo lo que se mueva y sea de color rojo, porque según dice el padre de Tomás, ese color les atrae con tal fiereza que no pueden sustraerse a él.

También van a construir cuadras en el cuartel para los caballos de los guardias, tienen tres de color castaño. Los tienen guardados en una cuadra de la calle Nueva, y los está atendiendo Basilio, que como ha sido ganadero, se supone que sabe lo que es tratar con caballos. Cuando se escapen los toros del camión, nos montaremos en los caballos de los guardias y haremos una corrida de esas que llaman de rejoneo. Cortaré dos orejas con mi faena y el público me aplaudirá entusiasmado, haciendo ondear sus pañuelos blancos en señal de rendición absoluta.

La excursión al río fue de lo más pintoresco, nos emplazamos en la orilla acechando a las ranas que solían solearse por las tardes encima de alguna piedra o soporte sólido que les diera la suficiente seguridad para entonar sus canciones. Eran cánticos evocadores de tiempos pasados cuando vivían en otras zonas recónditas lejos del alcance de nuestras piedras. No las apedreábamos por diversión o por crueldad, que esa cualidad no es muy común en gente menuda. Lo hacíamos porque nos jugábamos el prestigio de cazadores de ranas. Cada una que cazábamos valía dos puntos si era rana, tres si era un sapo tripón y verrugoso de esos que si te escupían se te caía el pelo. No recuerdo que ninguna de ellos me escupiera alguna vez, pero si comprobamos mi estado capilar actual, llego a la triste conclusión que alguno en un descuido mío debió de hacerlo. Estos puntos contabilizaban para las descalabradas, que las que eran cazadas vivas… ¡Ah, eso era otra cosa! Era exultante ver la fiesta que organizábamos cuando teníamos la suerte y la pericia de hacernos con un trofeo de esos. Primero le pasábamos revista por las distintas partes de su cuerpo verde y uliginoso, luego las ancas eran estiradas sin otro fin que el hacerlo por costumbre, y por fin el experimento que más nos regocijaba por los resultados que nos deparaba. Cogíamos una pajita que normalmente era natural y nos transformábamos en inquisidores medievales con la desdichada. La pajita era introducida con sumo cuidado por el orificio de la cloaca, el rito continuaba insuflándole el aire que pasaba directamente desde los pulmones de verdugo hasta las tripas de la hereje, con la consiguiente hinchazón que presentaba su orondo y maltrecho cuerpo. Normalmente explosionaban como era de rigor y los pasos seguidos habían sido los adecuados. Entonces su piel se estiraba, los ojos se le volvían más saltones si cabe y el vientre se redondeaba como si fuera un globo pequeño, glauco, pultáceo; con unas excrecencias que le daban un aspecto divertido.

Si no explotaban era por que traían algún defecto de fabricación y no era cuestión de pedir cuentas al río por habernos facilitado el producto en mal estado. Otras veces obviábamos la tortura aerostática, y la crucifixión romana era la que entraba en escena, con dos pajitas en lugar de una. La más larga se le introducía por el conducto esofágico, y atravesando el organismo salía por la cloaca; luego por debajo de las axilas y poniendo mucho cuidado en no hacerle cosquillas, se le pasaba la otra pajita. La clavábamos en el fango y la encomendábamos al demiurgo de los batracios, no sin cierta pena y un punto de remordimiento en algunos, que en otros la satisfacción por el trabajo de cirugía tan limpiamente realizado con sus manos de artista, les colmaba de satisfacción.

Al final de la calle Nueva, había un canal de ingeniería para el riego de las huertas. Lo cabalga un puentecillo de piedra romano, lo que demuestra que el canal se asienta sobre el cauce de algún arroyo anterior. Ante el puentecillo, hay un recodo que da inicio a otra calle pero que queda resguardado de miradas indiscretas y acometidas del viento en los días otoñales. Ése resguardo es el lugar favorito de un personaje singular y por qué no decirlo, no muy querido por los asépticos de sus convecinos. Hace ya muchos años, la higiene le abandonó. Ella le achacaba que le era distante y desconocido, él la acusaba de querer estar demasiado cerca y con que se vieran una vez al mes era suficiente. Frasco, que así es como le llaman, vive de la caridad, de lo que recoge en sus recorridos por las calles, campos, basureros y todo aquello que sea susceptible de albergar algún tesoro digno de su aprecio. Su posesión más valiosa consiste en una lata roñosa que debió albergar en otro tiempo, sardinas o alguna conserva por el estilo. En ella guarda su capital ¿Para qué quiere bancos que le expriman con comisiones y gastos de mantenimiento, solo por custodiar sus posesiones consistentes en su colección de colillas, un trozo de cuerda y un guante raído? Las colillas son recogidas diariamente sin importar sin son los restos de tabaco rubio, negro, americano o del Japón; las recolecta y a la lata. Cuando ha finalizado su jornada laboral ya de regreso en su bunker del puentecillo, se entretiene en ir esparciéndolas todas revueltas, sin remilgos de clases sociales: Colillas fumadas por un gran señor o por un desarrapado, todas revueltas, formando un conjunto homogéneo, anárquico. Cuando tiene el tabaco suficiente se lía un cigarrillo que fuma con la mano enguantada en el gemelo del que guarda en la lata.

Su padre al igual que los de otros, era lo que se conocía por emigrante, trabajaba en Alemania, en alguna empresa de las que absorbían la mano de obra barata que se expandía por esa vieja Europa, y que tenía sus orígenes en países como Turquía, Argelia o gente de nuestras propias fronteras, que como todos sabíamos terminaban en los Pirineos. No es que lo hubiésemos visto con nuestros propios ojos, sino que lo habíamos aprendido en la escuela, junto con los ríos, las cordilleras y la tabla de multiplicar. Esta entraba con sangre como era la norma, dicha y llevada a la práctica por la mayoría de los educadores de cuarto y reválida. Cada error te costaba un golpetazo o palmetazo según la modalidad del enseñante, que al igual que un gato, se relamía el bigote cada vez que decías seis al preguntarte tres por tres.

La hazaña de un osado aventurero que presagiaba el caos en un día lectivo, se saldó con un fracaso estrepitoso debido a la pericia dactilar de Isidro el profesor de Matemáticas. Alguna mente recurrente ideó la manera de saltarse las clases y de camino alarmar al omnipotente profesorado. La jugada, aunque burda en sí, entrañaba su ingenio, no ausente por cierto en las hordas estudiantiles de todo tiempo y lugar. Un trozo de palillo fue introducido en la cerradura de la puerta principal, por lo que la comezón y el desaliento de los primeros en llegar contrastaron con la alegría desbordada de las encantadas víctimas. Esto tenía lugar cuando a escasos metros reventó una vaca por causas desconocidas, y unos meses antes de que al pobre Francisco el profesor de Lengua le diera por comportarse de manera un tanto discordante con la norma de su gremio y la de los adultos en general. Porque según supimos estuvo internado en un centro psiquiátrico durante una larga temporada, y nadie nos explicó el motivo de su ausencia.

Transcurrieron quince minutos de incertidumbre y aglomeración a las puertas del centro litúrgico cuando apareció Isidro, que sin la mínima mueca de contradicción, introdujo la uña del meñique inusualmente larga en la cerradura retirando al causante de tan ignominiosa acción. No así descubriendo a su autor que permaneció en el anonimato más profundo. Tras breves protestas, reprendidas por la mirada aviesa del desfacedor de entuertos como le pudo haber llamado Cervantes, todo continuó sobre el orden del día previsto.

Los emigrantes eran seres de otro planeta que venían por unos días y desaparecían por varios meses. Yo que era de los afortunados de no encontrarme encuadrado en esta cofradía, veía con cierto recelo a estos señores que un día aparecían haciéndose cargo de la paternidad de Carlos o de “Fede” y antes de tomar conciencia de ello, se marchaban en la noche de los tiempos para regresar cuando menos lo esperabas. Que esa persona existiera o hubiese existido jamás, quedaba archivado en el campo de lo paranormal.

Sevilla refulgía con los brillos del sol, que había tomado a la ciudad como centro de operaciones de donde salieran todas sus incursiones por la geografía española. La llegada de la noche no era la tregua pactada entre los contendientes, el segundo unilateralmente la rompía enviando en su lugar a sus emisarios en forma de calor, sudor y más calor. No había forma humana de combatir a éstos guerreros incansables que nunca se fatigaban con nuestro agotamiento, ni se inmutaban con nuestra desesperación. Era tal el derroche de energía consumida, que nos consumíamos en nuestro propio caldo, como la olla que se le quemó a la madre de Fede. Se le olvidó que la tenía puesta al fuego mientras departía con las vecinas ociosas como ella, en los periodos en que el emigrante sudaba de manera distinta en los fríos lugares de acogida. Sevilla era el lugar de veraneo de Vulcano que abandonaba su fragua en el Olimpo para castigar a los paganos de un sólo Dios e infinitas Vírgenes.

La investigación no dio resultados pese al celo con la que se llevó, y las amenazas veladas a las que fuimos sometidos por la falta cometida. El anónimo cerrajero no alargó los labios para inmolarse, las filas, prietas y mudas fueron desfilando por el despacho del director sin cometer la estulticia de una delación flagrante. El agravio colectivo, aunque se ejecutara contra un solo individuo, no quedaría sin el castigo estipulado por el tribunal no togado, pero ¡Ay! Hermanado en esto del honor. Si querías sentirte como una alfombra en manos de una maniática de la limpieza, sólo tenías que traicionar el lema y el contenido de la caja de Pandora sería vertido sobre tu cabeza sin el más mínimo atisbo de piedad.

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