Overblog Todos los blogs Blogs principales Literatura, Historietas y Poesía
Edit post Seguir este blog Administration + Create my blog
MENU

El abandono

por el príncipe de las mareas

Capítulo 1. El motor no aguantó

Transcurría el año de Nuestro Señor cuando Manuel, que acababa de ser destinado al Puesto de Peñafiel, se vio sorprendido por las inclemencias de la temporalidad mal avenida. No llevaría más de una hora de camino cuando de modo casi distraído, como si de un simple movimiento casual se hubiese tratado, observa que la aguja que marca la temperatura se halla sofocada en exceso. En un principio lo achacó al calor reinante que por aquellas fechas -julio bien avanzado- se hacía notar con excesiva insistencia. Casi al instante cae en la cuenta de la anormalidad y vuelve a contemplar embelesado la aguja clavada en la franja roja, que como es bien sabido por todos indica peligro. Detiene el vehículo lo más arrimado posible al arcén, y desciende del mismo con una nota de alarma en su rostro; abre el capó y no encuentra nada fuera de lo común en el motor de su Simca, que ya va camino de cumplir los dieciséis años. Para una persona esto sería una atormentada adolescencia, preámbulo de lo que le espera a la vuelta de esos escasos años que el organismo necesita para adaptarse al curso de la vida, a la edad adulta donde todos los problemas se resuelven en apenas cuarenta años. La adolescencia no deja de tener sus ventajas a pesar de sus inconvenientes, es una época dulce y atribulada, donde todas las fuerzas contenidas se desatan en una vorágine de sensaciones nuevas, vivencias desconocidas y razonamientos más allá del puro cálculo mental. Muchos se preguntarán que tiene de interesante o divertido la adolescencia, quizás otros tuerzan el gesto con desagrado al evocar esos años aciagos o simplemente desventurados, pero la pubertad no deja de tener su interés aunque solo sea por el puro aprendizaje que enmascaran las hormonas revoltosas y a veces, demasiadas veces, incongruentes e indisciplinadas. Los dieciséis años en un coche, son otra cosa muy distinta, las sensaciones más o menos contradictorias no tienen razón de ser y la cruda realidad se manifiesta con total rotundidad: Es demasiado viejo.

La rápida revisión de los componentes básicos sigue sin alertar de una posible avería: Líquido de frenos en perfecto reposo, manguitos exentos de cualquier fuga visible a simple vista y el tapón del depósito del agua, ese que se comunica con el radiador por una manguera de mediano calibre, fuera de su lugar. Por fin cae en la cuenta de que ese es precisamente el problema, ¿qué hace el tapón que no está cerrado herméticamente sobre los labios sedientos del depósito? No hay que ser muy entendido en mecánica para darse cuenta de que eso puede suponer un grave trastorno para la refrigeración del caldeado motor, y por simple deducción, llega a la angustiosa conclusión de que la avería puede ser de envergadura. Antes de poner las manos encima, y ante el temor a cometer un error de consecuencias incalculables, se decide a llamar a la asistencia para que le saque del posible atolladero donde quizás se ha metido. No eran tiempos en los que la modernidad fuera una carrera contra el tiempo, tampoco estaban muy extendidos esos artilugios a priori innecesarios pero, que a la postre, se han transformado en una prolongación natural de la extremidad superior. Me estoy refiriendo al teléfono móvil, como ya más de uno habrá deducido asesorado por su intuición sobredimensionada. La eventualidad que hoy en día supondría una situación traumática de consecuencias apocalípticas, no revierte mayores consecuencias que las de emprender el camino que le lleve hasta un teléfono. Eso sí, caminando sin más paliativos posibles sobre el asfalto derretido, y bajo un sol de justicia que se la hubiera tomado por su propia mano. Tras recorrer tres kilómetros por la travesía del desierto, ve en la distancia las formas más o menos configuradas de algo que bien pueda ser un núcleo habitado por seres humanos. Eso es justo lo que anda buscando, la presencia de seres de su misma naturaleza y, que alberguen entre sus pertenencias un teléfono que por lo menos funcione. La calle principal y única, no deja de ser la misma carretera por la que ha venido caminando. Un surtidor de gasolina abandonado a su suerte y abandonando a la suya a todo aquel que pase por allí sin haber tenido la precaución de llenar el depósito, varias casas encaladas de blanco amarillento a causa del polvo acumulado, y una tasca de mala muerte con un rótulo despintado que anuncia bebidas inexistentes en la actualidad. Con resuelta decisión encamina sus pasos hacia ese lugar, al entrar las sombras le reciben con desagrado, no se sabe si debido a la perturbación del descanso merecido a tan intempestivas horas, o por haber sido sobresaltadas con la presencia no demandada del que se ha introducido sin pedir permiso. No hay nadie, el mostrador de madera oscurecida y carente de cualquier barniz que lo resalte, un estante con botellas polvorientas y un espejo con más zonas inutilizadas que las que puedan reflejar la presencia del visitante. La única mesa se halla pegada a una pared desconchada, y custodiada por tres sillas de pvc de color rojo. Manuel espera unos segundos para darle tiempo a sus ojos a acostumbrarse a la penumbra y hace un amago de llamada, un "hay alguien" a media voz, como si fuera renuente a molestar más de lo estrictamente necesario. Un crujido le advierte de la presencia que sea humana o no, se ha movido en el fondo del cuartucho impenetrable apostado detrás del mostrador.

- Sí, ya voy. Unos pies arrastrados con la precaución que da la edad, y los cabellos blancos se dejan ver como una antorcha en un túnel.

- Buenas tardes ¿Quería algo?

La pregunta no está exenta de cierta impertinencia, si hay una persona allí es por que desea algo. No cabe esperar otra cosa de un visitante que tenga la osadía de dejar su camino, para penetrar por la simple curiosidad de contemplar las entrañas de ese local tan desangelado.

- Buenas tardes, ¿Tiene usted teléfono?

La cabeza encanecida da apenas un cabeceo ambiguo, un gesto tan poco esclarecedor que no sabría Manuel si es una respuesta afirmativa, o es que negara su propia existencia.

- Sí, hay un teléfono de monedas allí, debajo del televisor.

Manuel gira sobre sí mismo y enfrenta su mirada con la cabina de la que cuelga el auricular permanentemente inerte, prueba más que satisfactoria de que debe funcionar. Se rasca el bolsillo en busca de monedas sueltas, y se gira con cara de contrariedad.

- ¿No tendría usted cambio?

Vana demanda, la cabeza alba y despeinada vuelve a girar de nuevo, pero esta vez sus signos son inequívocos de que la negativa es la única opción a la que aferrarse. Acodado sobre el mostrador le comunica que tres casas más arriba hay una tienda de comestibles, puede que allí le faciliten las monedas necesarias para poder hacer uso del teléfono. Manuel no ha tenido tiempo de salir de su sorpresa inicial, cuando ya el que estaba acodado sobre el mostrador ha desaparecido de su vista, el leve movimiento de la cortina de plástico hace las funciones de orador ausente. Ha vuelto a meterse dentro del cuartucho, quizá a la espera de que el visitante se marche por donde ha venido y a lo mejor, con suerte, no vuelva con la recompensa de esas monedas tan ansiadas.

El sol le hiere en los ojos con punzadas amarillas y él, recorre los pocos metros que le separan del establecimiento que aunque carece de cualquier signo que delate la presencia de una tienda, debe albergar algún ser humano en su interior.

- Buenas tardes-. Inicia sin mucha convicción.

Esta vez la espera es más larga, ya esta a punto de intentar un nuevo aviso de que se encuentra allí, cuando una voz de mujer resuena desde las profundidades de una caverna lejana: - Sí, un momento.

Más relajado al obtener respuesta, pasea su mirada por el lóbrego local, asentándola sobre unas estanterías de madera aposentadas y desentendidas de todo lo que pueda acontecer a su alrededor, unas cuantas latas de conservas, dos cajas de galletas a buen seguro vencidas por la edad; y unas botellas de agua tónica con tapón alambicado.

- Buenas tardes ¿En que puedo servirle?

- Buenas tardes, debo llamar por teléfono y no tengo monedas sueltas ¿Sería tan amable de facilitarme cambio?

La anciana le mira con ojillos susceptibles y se aferra a un delantal con manchas aceitosas. Le escruta el rostro, la camisa sudada y las manos a la vista con la clara intención de mostrar sus buenas intenciones.

- ¿Cuanto necesita?, no suele venir mucha gente, así que no dispongo de muchas monedas.

- Creo que con que me cambie este billete valdrá. Al hilo de sus propias palabras coloca sobre el brillante mostrador de latón un billete de quinientas pesetas.

La anciana aprieta los labios ante semejante capital y duda antes de rebuscar en el cajón. - No se si tendré tanto cambio pero... Tras un leve movimiento escudriñando, saca un puñado de monedas que va contando golosamente, lejos del alcance de su visitante.

- Doscientas treinta, doscientas cincuenta, cuatrocientas... Tiene suerte, aquí tiene su cambio.

- Gracias, es usted muy amable.

La anciana esboza una sonrisa engañosa con sus seis incisivos, el resto de su dentadura ha desaparecido, quizás debido a que se han cansado de masticar siempre lo mismo: - No hay de que darlas. ¿Va muy lejos?

Manuel gira sobre su propia sombra apenas perceptible, y le sonríe a su vez: -Sí, aún me faltan más de doscientos kilómetros para llegar.

- ¿No irá a Madrid?

- No, me dirijo a un pueblo de Valladolid.

- Mi hijo Juan vive en Madrid, se marchó hace tres años -la anciana ha recuperado la confianza y las ganas de hablar, no todos los días se presenta la oportunidad de entablar una conversación con alguien fuera de las pocas decenas de habitantes que tiene por vecinos- ya habrá podido ver que aquí no hay nada, el trabajo escasea y la juventud se tiene que marchar.

- No conozco estas tierras, es la primera vez que paso por aquí -Manuel se ve en la obligación de ser cortés con la vieja, ha captado que su curiosidad no es más que una excusa para poder soltar unas palabras que se aburren en su soledad- parece un pueblo acogedor. Ante la afabilidad demostrada, su interlocutora se aferra a la oportunidad que se le presenta y rodea el mostrador para acercarse a su visitante.

- En verdad, si es un buen sitio para vivir, pero solo para los mayores y los niños, los jóvenes no tienen futuro y deben marcharse a buscarse el sustento, -Manuel consulta con disimulo su reloj de pulsera- en mis tiempos mozos esto era otra cosa, había baile todos los sábados y la juventud se divertía de lo lindo. Pero no le voy a cansar con mis recuerdos que usted debe llevar prisa. Manuel vuelve a sonreírle a la señora y se dispone a despedirse. Este pueblo llegó a rivalizar con Béjar, que es la población mayor de estos contornos. Hasta venían muchos de allí los sábados por la noche... -Un suspiro y se espanta los recuerdos con la sarmentosa y pequeña mano- Bueno no le entretengo más, que le estoy cansando con mis historias viejas y pasadas de moda, que tenga usted buen viaje.

- Gracias por todo, me ha resultado muy agradable hablar con usted.

- Adiós.

Manuel sale sonriendo de la tienda, es consciente de la soledad en la que están sumidos los pueblos pequeños. El abandono sistemático es casi un ritual, una constante en las vidas de los que se van quedando. El bar vuelve a presentarse y allá se encamina haciendo sonar las monedas en su mano.

- Sí, parece un problema del radiador.

- En la Nacional 630, un momento que lo pregunto. ¿Sabría decirme el kilómetro aproximado? El dueño del bar asiente con la cabeza: - el 424 está a cien metros de aquí-. Sí, el 424 aproximadamente, con dirección a Salamanca. No, espere un momento, el vehículo debe estar sobre el 427. ¿Media hora? Bien, estaré esperando junto al coche. Volviéndose hacia el expectante y único compañero le espeta con respeto: ¿Me pone una cerveza?

Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase:
Comentar este post