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Capítulo 1 de Sevilla 80's

por el príncipe de las mareas

Capítulo 1

Miguel es poco agraciado físicamente, un rostro cetrino, ojeroso y con una gran nariz tipo judaica. Si se contempla el resto de su persona no sale mejor parado que se pueda decir, es tirando a alto, un metro setenta y nueve, brazos flácidos y vientre demasiado pronunciado. Él no es ajeno a estos inconvenientes a la hora de contactar con el sexo contrario, pero no por ello va a dejar de intentar seducir a la que se le ponga delante con su oratoria trasnochada cargada de sentimentalismo añejo, y su camisa a cuadros color granate. Aquella tarde se encontraba acodado a la barra de ese bar sucio y maloliente que tanta atracción ejercía en la juventud menos sólida en lo tocante al suelto en los bolsillos. Paco a su lado no perdía de vista a ninguna de las que se contoneaban, o simplemente se dejaban sostener por la misma barra donde ellos dos estaban tomando una cerveza.

- No veas que culo tiene esa del vaquero.

Miguel absorto en sus pensamientos pseudo proletarios, no le presta atención ni al comentario de su amigo, ni a la anatomía de la enfundada en los pantalones vaqueros. La cerveza se está calentando y no por eso la suelta, aferrada con ambas manos como si fuera una valiosa posesión, le transmite el sudor acumulado en sus palmas grandes de estibador que solo ha pisado un muelle, para contemplar las gaviotas revoloteando en busca de algún descuido afortunado que facilite el alimento, que no son estas aves muy aficionadas al trabajo honrado cuando la piratería se encuentra tan cercana y provocativa. Paco acaba de silbar en tono bajo, pero no lo suficiente para no ser oído por la causante de su admiración que se vuelve a medias con una sonrisa de concordancia entre el silbido y la estructura de su propio cuerpo. Por un momento parece que se va a arrojar sobre la lava del volcán, pero su cobardía con las mujeres no le permite más que esa sensación de impotencia al ver alejarse a la muchacha para acabar con sus intenciones, y también con sus miradas. La admirada, que no ha recibido el acometimiento que debiera haber seguido al silbido, se cuelga del cuello de un mocetón más joven que ellos dos, y le besa con la determinación que le ha faltado a Paco. Con fruición, regodeando sus labios en la boca barbada del que con una media sonrisa, deja escapar una mirada traviesa.

- Está cañón la tía.

- ¿Quién? Pregunta de pasada Miguel.

- Esa de ahí. ¡Mira cómo se come al tío ese!

- No sé de qué me hablas, estaba en otra cosa. Paco le mira con cara de estar viendo un ectoplasma, aunque desconozca por completo el significado de esta palabra. Retoma el vaso casi vacío y absorbe con cierto sonido el último trago de cerveza.

- Me pone otra. Sin mirar a Miguel se deja decir: ¿Quieres otra?

- Bueno, ¡ya que invitas!

Aún se tomaron una tercera antes de abandonar el bar. La música chillona y a veces estridente, les acompañó durante los cuarenta minutos que permanecieron allí, el uno absorto en sus pensamientos, el otro deleitándose en la contemplación de tanta belleza tan cercana a sus manos, y tan extraña a sus posibilidades.

La bodega asemeja un coso taurino con sus gradas brillantes, los asientos ocupados por parejas que se divierten arrullándose, de grupos mixtos donde las gracias de los jóvenes aspirantes a hombres buscan arrancar la carcajada femenina, o acaso una tímida sonrisa de aceptación. Grupos de mujeres solas, sonrientes, coquetas y con las órbitas de los ojos ajenas a cualquier regla matemática. Acechantes los célibes, los no emparejados tras haber sonado los clarines que dan comienzo a la fiesta. Paco que descaradamente se encuentra ubicado en ésta hermandad, mira impotente como toda su capacidad de captación ha quedado inutilizada por su falta de confianza, por no creer en sus posibilidades que si bien puedan resultar remotas, no dejarán de ser imposibles.

La tarde ha comenzado su declive otoñal, las sombras han tomado posiciones estratégicas. La calle San Eloy es una de tantas de las que conforman el casco antiguo de la ciudad, es relativamente estrecha, quizá ello contribuya a mantener los olores a fritangas y vinagres que salen despedidos de las tascas. Como si hubiera confundido su ubicación, una tienda de ropa masculina se asoma apenas a escasos treinta metros de la bodega de la que acaban de salir Paco y Miguel. Es una tienda modesta, sin grandes alardes en su escaparate acristalado. Dos maniquíes se quedan mirando fijamente a los dos viandantes sin atreverse a ninguna proposición. Ellos son hombres de verdad, poco agraciados, algo lerdos en el combate cuerpo a cuerpo con el sexo opuesto pero hombres al fin y al cabo. Tras varias callejas han salido a una travesía concurrida, con el tráfico rodado formando parte inseparable de su mobiliario urbano. La calle Tetuán no se encuentra en el norte marroquí precisamente, sino que es una de las más populares de ésta Sevilla añeja, conquistadora y conquistada. Sevilla es una ciudad monumental, con solera, cuna de muchos grandes de la historia, la literatura o de cualquier disciplina que tenga a bien alardear de su linaje. La ciudad que amparó a tantas culturas se halla abierta a la influencia de todo aquel que quiera hacer su hogar de ésta hidalga compañera.

Después de dejar atrás la Plaza Nueva con el Ayuntamiento sede de la corporación municipal, y lugar de reunión del beticismo cuando el equipo verdiblanco accede al trofeo conquistado, y tanto tiempo deseado por los aficionados que invaden la emblemática plaza, en el regocijo característico de los adscritos a la religión futbolística. Los dos caminantes deciden hacer un alto para tomarse la última cerveza de la tarde, ya noche. La tasca no deja de ser una más de las muchas que salpican el casco antiguo, una puerta de madera vencida por las inclemencias y los inclementes y poco gráciles clientes; una barra de poco más de cinco metros de larga, y un cuartucho –el servicio- con menos espacio que el que pueda ocupar una persona adulta. Incumpliendo con la normativa de Sanidad, desahogo de todo aquel que haya tomado demasiadas cervezas en la última hora, y lugar idóneo para perder el conocimiento dados los efluvios que emanan del tosco agujero practicado en el suelo.

- ¡Que quieres que te diga, el sitio deja mucho que desear! Es el comentario de Paco ante el espectáculo desplegado delante de sus ojos.

- No me seas delicado, ¿Acaso esperabas un restaurante de cinco tenedores?

- No, pero hay otros bares mucho mejores que éste.

- ¡Vale, la próxima vez eliges tú! Desafía Miguel con aire irritado.

La parada de autobuses les espera donde siempre, ubicada estratégicamente entre el edificio de correos y el Archivo de Indias, la piel de éste último muestra las manchas propias de la edad. Ocultos de miradas indiscretas, los secretos de ultramar se cobijan entre sus piedras grises ¡Quién sabe si las amonestaciones matrimoniales de Pizarro con la princesa Inca, o las hazañas bélicas realizadas por Cortés allá en el nuevo mundo, sean parte integrante de la documentación tan celosamente custodiada! El porquero ajusticiador de Atahualpa nos podría contar infinidad de vicisitudes al amor de un fuego amigo; su paisano Cortés que con poco más de doscientos españoles y cinco mil aliados toltecas se apoderaron del imperio del azteca Moctezuma, por el contrario, desearía correr un tupido velo al evocar aquella dramática huida entre canales y saetas enemigas. Aquella noche triste. Total, para acabar mendigando al nieto de la reina Isabel, muy católica ella y pródiga en atenciones al genovés, que dio pie a que los mencionados tuvieran la oportunidad de demostrar la valía de la sangre española. Del vecino de tanta historia compendiada en documentos tan antiguos, solo decir que alberga las oficinas donde se tramita toda la correspondencia que entra y sale de la ciudad; no aspira a la solera ni a la enjundia del archivo enfrentado.

El número 31 de la empresa municipal de transportes acaba de asomar su cara azul, sus gases expelidos calientan un ambiente refrescado por la ausencia del sol. Ambos se acercan hasta la cola que han formado los desesperados usuarios. El autobús se pone en marcha y un día más, la vida ha dado la tregua necesaria para que ambos contendientes lleguen sanos y salvos a sus moradas. Las alforjas vacías, las manos con las palmas hacia arriba y la ilusión de que quizás mañana…La mirada recelosa del conductor es recogida por el espejo retrovisor en el intento fallido, de informar a esos dos energúmenos que en el autobús no se fuma. Miguel compone una cara de circunstancias no correspondida y Paco, ajeno a los unos y a los otros, se afana en contemplar a través de la ventanilla de socorro la circulación que se desplaza paralela. A causa de la escasa visibilidad de la tarde moribunda los conductores se enredan en la marea urbana orquestada con frenazos, toques de claxon y alguna furibunda diatriba con el que acaba de efectuar un adelantamiento indebido. Quince minutos más tarde y con la prudencia indicada en la placa frontal, ambos pasajeros descienden y esperan que el autobús reemprenda su marcha antes de cruzar: “No cruce delante de este vehículo, puede ser atropellado por otro que usted no ve”. Reza la mencionada placa informativa, más que imperativa.

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