la vida naufraga
Si oímos decir que 10 negros se han ahogado en el mar, la noticia nos deja indiferentes; decenas de miles de personas de esa raza perecen anualmente por conflictos étnicos, guerras, o violencia de cualquier tipo. Esa misma noticia puede enunciarse de otra manera, así si nos cuentan que 10 personas han perdido la vida cuando intentaban alcanzar la costa a nado, en busca de unas mejores perspectivas de futuro, la cosa cambia. La indiferencia se transforma en un sentimiento de culpa ajena, dolor propio o simplemente solidaridad con la causa humana.
Los países desarrollados, aquellos que cuentan con unas condiciones de vida favorable, no se preguntan qué será de los que no alcanzan los mínimos de bienestar exigidos, no forma parte del elenco de sus preocupaciones estas cuestiones. Un británico, francés, norteamericano o australiano vería este suceso como algo ajeno, distante, incluso pensaría que ellos no están para socorrer al resto de la humanidad, que cada cual solucione sus problemas, que ellos ya tienen bastante con los suyos. En España somos diferentes, no solo nos acongoja el hecho de saber que en Brasil se han podido sacrificar dos docenas de guacamayos, o que la población de guanacos ha descendido un 5% en Bolivia, aquí vamos más lejos que ninguno y nos planteamos si esas muertes se han producido por algún interés oculto de los que nos gobiernan. Así, la primera cabeza de turco será la del que se encontraba en el lugar de los hechos, aunque estuviera desempeñado las funciones para las que ha sido requerido.
En Ceuta tenemos frontera con el resto del continente africano, esa puerta que para los infelices que malviven sometidos a la tiranía del déspota de turno, supone la entrada al paraíso descrito en las sagradas escrituras. Las fronteras son consecuencia del egoísmo humano, de la constatación de unos requisitos de obligado cumplimiento para el que quiera formar parte del selecto club de los pudientes. Hoy en día, esas mismas fronteras tratan de frenar la entrada de miseria que se añada a la que ya padecemos los que hemos sido expulsados de ese club. La Guardia civil ha sido designada a ejercer las funciones de portero, a no permitir la entrada a los que no traen otra cosa que desesperación que añadir a la nuestra. No es responsable de los que quieran derribar esa puerta, no es responsable de los medios a los que recurran en el intento de traspasar esa frontera, su misión, ordenada categóricamente, es la de impedir esa entrada con los medios de los que se la ha dotado, que dicho sea de paso, son los adecuados para ejercer tal misión.
Señores humanistas de tafetán, progresistas de bandera, altruistas de cartón y moralistas de plastilina, a vosotros os digo, que si queréis que la Guardia Civil cumpla con su trabajo repartiendo estampitas de la virgen del Carmen, o leyendo pasajes del Capital de Marx, hagan ustedes esa labor a ver lo que duran.
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