Excalibur, la espada justiciera
He leído a Kafka, y creo que parte de su obra está inspirada en los gobernantes españoles. A lo largo de nuestra historia son varios los episodios que se han sucedido como para llegar a esta conclusión. Precisamente también he leído a Galdós, cosa que no me tranquiliza lo más mínimo.
El nuevo episodio que nos ocupa es el del caso de ébola en el Carlos III, pero lo que ya resulta esperpéntico (y esto ya es de valle Inclán) es el capítulo del perro con nombre de espada. Ahora lo quieren sacrificar en la pira del disparate, tal vez como expiación del destino institucional de la repatriación del misionero. De dioses debe ir la cosa, uno cristiano y otros paganos.
La cuestión no radica en hacer causa común para la defensa de un perro, al fin y al cabo se trata solo de eso, un animal que por mucho que se le quiera dotar de la misma esencia que un ser humano, no deja de haber cierta distancia entre uno y otro. La cosa va por otro lado, es más la rebelión cobarde y sumisa ante un gobierno al que se le tienen ganas, pero que nadie se atreve a enfrentar con los argumentos necesarios para destituirlo. Sí, ya sé que no resulta fácil que cesen y casi imposible que dimitan, pero el Ordenamiento jurídico alberga mecanismos para que rindan cuentas de sus deslealtades para con la ciudadanía.
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