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Nunca digas nunca Hamás

por el príncipe de las mareas

~~ Un conflicto siempre trae consecuencias para los que participan en él. Un conflicto armado, supone superar en calidad al que carece de este apellido. En el mundo, este macabro juego se da en no pocas zonas recorriendo todos y cada uno de los continentes en momentos puntuales, o de manera sistemática como lo hace el monzón. Dentro de los que tienen el conflicto armado como una costumbre inveterada dentro de su modernidad, que apenas alcanza unas décadas, está el enfrentamiento judío-palestino, esa franja de tierra ubicada en el oriente próximo que no acaba de hallar una solución definitiva a una convivencia si no armónica, al menos pacífica. ¿Quién es el responsable de que este constante desafío a las reglas de la vecindad no tenga un final aceptado? Tal vez se debería estudiar desde un punto de vista histórico, cultural, religioso o etnográfico. Quizá fuera preciso analizarlo desde una perspectiva económica o geográfica. En mi opinión todo eso no son más que argumentos vacíos de contenido, capas interiores de una cuestión mucho más simple, más acorde con la realidad cotidiana que les azota día tras día, misil tras misil o asesinato tras asesinato. Solo veo una explicación a todo este horror descontrolado, se trata de seres humanos. Sí, por muy duro que resulte mirarse al espejo y contemplar el rostro de la muerte, no deja de ser una realidad que nos acompaña a modo de maquillaje. Conforma las orejas, las narices o la mueca de una boca que muestra unos incisivos a flor de piel, sea ésta negra como el azabache, oscura, amarilla o blanca como la nácar ¿Precisa alguien que le recuerde la masacre en Ruanda, Sierra Leona, los Balcanes, el holocausto judío, la guerra de Irak o Afganistán, las guerrillas colombianas, peruanas, el terrorismo islámico, el de ETA, Las brigadas rojas o el IRA? Palestina tiene un problema, el mismo que siempre han tenido los pueblos del mundo: sus gobernantes. Si ese grupo denominado Hamás no se dedicara a propinar patadas en las espinillas judías, tal vez estos no se revolverían con esa despiadada fuerza. No se puede ni se debe provocar al adversario a sabiendas de una respuesta sin mesura, no se debe atacar al Estado de Israel sin esperar que devuelva el golpe multiplicado por tanta muerte y desolación como bien pudiera desearle su antagonista. Culpo a Hamás de no mirar por su pueblo, de abocarlo a la destrucción y al exterminio. Culpo a Israel por no aceptar la realidad de un pueblo diferente dentro de sus mismas fronteras, aquellas que no hace tanto eran la tierra de los que hoy pagan una renta por ella. Culpo a la comunidad internacional por no querer articular una convivencia pacífica entre dos pueblos que forman parte de esa misma comunidad; uno judío, el otro árabe, ambos compuestos por seres humanos que sufren y padecen la intolerancia más abyecta de la que es capaz ese género que se vanagloria de llamarse humano, y que en demasiadas ocasiones me produce un desprecio casi suicida.

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