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¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?

por el príncipe de las mareas

~~ Tras la tormenta llega la calma, eso es lo que el dicho popular nos revela tras años de experiencia. Las tormentas a veces no vienen cargadas de electricidad ni de lluvia, a veces son la consecuencia de una transgresión de la ética. Cuando un pueblo se dedica a producir ideas para no dar ni golpe, puede ocurrir que las exporte y viva de las plusvalías que genera esa patente, o puede ser que no halle más salida que su propio destierro. Durante años un porcentaje elevado de españoles se ha dedicado a cultivar el timo, el oprobio y la desfachatez, así se ha empleado su tiempo en contar historias añejas a cambio de unos sueldos que no tenían razón de ser. Unos en lo tocante al juego de las burbujas, esas que crecen insufladas por el aire de la especulación, que se elevan orgullosas de su hazaña y que terminan por explosionar de manera casi imperceptible, pero traumática. Otros han optado por el acopio farmacéutico, por el empobrecimiento de la seguridad social a costa del engrandecimiento de cuatro laboratorios henchidos de avaricia. Somos un país envejecido, y no por que su edad geológica supere a la de los vecinos, sino por que aquí cuesta morirse. El abuelo, la abuela, la tía viuda que cruzó la línea de la edad, el discapacitado que un día consiguió la bula del trabajo, por que una administración corrupta admitía pulpo como animal de compañía. Estos tienen familia, tantos como aparecen a la hora de veranear en la costa, a costa del pariente que tiene allí fijada su residencia. Ese anuncio del “abuelo el Inistón” se ha popularizado tanto en estos años, que la cartilla del abuelo servía para adquirir con receta gratuita los anticonceptivos de la niña, las pastillas para la jaqueca de la madre, el jarabe para la tos del padre o los pañales para el bebé, aunque la talla fuera mayor por estar destinados al anciano que padece pérdidas de orina. Y la factura gratuita crecía, y crecía, y se hacía enorme, y el médico recetaba y recetaba como si estuviera prescribiendo el castigo al niño que debía copiar cien veces en clase no se habla. ¡Qué tiempos aquellos, donde tanto un socialista como un conservador y luego otro socialista dispensaban todo aquello necesario para cumplir con lo establecido, eso que se conoció como el Estado del bienestar! Nada es eterno, todo es finito, y el dinero acaba por fundirse en manos avariciosas por captar esas ganas enormes de gastar lo ajeno. Llegó el día en el que la caja se vaciaba, que apenas si había para costear las pastillas para el catarro, o un simple jarabe para tos. Las mentes pensantes, los genios de nuestro tiempo, los elegidos por las urnas deben acometer el problema. Así, que se les mete mano a las farmacéuticas, se les pone coto a los grandes recetadores, se pone freno al fraude familiar y se acometen reformas en lo sanitario. Pues no, se recurre a lo cómodo, a lo fácil de ejecutar, se le buscan las vueltas al débil. Siempre el débil debe pagar los abusos del fuerte, siempre el menos agraciado tiene que bailar con la más fea. Pensionistas derrochadores que cobráis pensiones de dos ceros os tocó afrontar el gasto, deberéis sufragar los excesos de aquellos que son intocables.

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