la economía sumergida, casi ahogada
~~ Considero desde un plano estrictamente de sentido común, una estulticia poco meditada, la pasión gubernamental de perseguir lo que ellos llaman el fraude fiscal. No hablamos aquí de las maniobras económicas de los que manejan los cuartos, ni siquiera de los que intrigan en beneficio propio para atesorar un poco más del pastel económico. No, estoy haciendo referencia a esa economía sumergida, que necesita de una simple caña para poder respirar sin apenas sumergirse en el entramado de la defraudación real. Conozco, sé de personas que ahuyentan los fantasmas de la desesperación a cuenta de unos ingresos obtenidos de manera un tanto irregular, y no por que éstos no coincidan con los esquemas establecidos en la normativa vigente. A fin y al cabo, la vigencia de la norma tiene la misma duración que la legitimidad que le proporcionan los dirigentes de turno, que desde el punto de vista de la legalidad podrá ser importante, pero desde la consecuencia de una estimación racional, ética o social, no alcanzaría el aprobado mínimo, exigido por cualquier exigencia académica. Hay sectores que conforman la productividad nacional, que no producirían el menor peso en la economía, sino fuera por esa carencia de escrúpulos, a la hora de hurtar la mirada indiscreta del ministro de turno. Un campo de golf que contrata un guarda, una chapuza casera, un camarero a destiempo, temporero que recoge la cosecha en un momento puntual… No hablamos de explotación laboral, no hablamos de perpetuar la irregularidad del contrato, ni de autorizar los desmanes de ciertos empresarios; aunque bien mirado, estos desmanes llevan unos visos no ya de permitirse, sino de consolidarse con el visto bueno del que debería velar por la estabilidad del trabajador. No entiendo de macroeconomía, apenas si he perfilado los resortes de las evoluciones de la misma, pero no dejo de tener conciencia, que lo que no se compra ni se vende, no está en el mercado. Así, tenemos que esos a los que he aludido anteriormente, recogen el beneficio de unos ingresos, que si tuvieran que pasar por el tamiz de la imposición fiscal, nunca se producirían, pueden permitirse las alegrías de refrescar el mercado local, que a la postre viene conformando una parte importante del nacional. Ese temporero, ese guarda, ese albañil, fontanero o chapucero de turno que no consigue encajar en un mercado laboral marchito, obtiene los réditos necesarios para sufragar sus gastos más perentorios, y por supuesto, ayuda a condonar las penas del que obtiene sus alegrías de manera demonizada por la hacienda pública, pero que a la postre, agradece estas maniobras clandestinas. Esos ingresos sirven para enjugar las penas, permiten dispendios impensables, liberan el pequeño comercio y auspician la esperanza del que estaba coartado por la imposición del gobierno cegado en su afán de recaudar.
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