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La calle principal y única, no deja de ser la misma carretera por la que ha

por el príncipe de las mareas

La calle principal y única, no deja de ser la misma carretera por la que ha venido caminando. Un surtidor de gasolina abandonado a su suerte y abandonando a la suya a todo aquel que pase por allí sin haber tenido la precaución de llenar el depósito, varias casas encaladas de blanco amarillento a causa del polvo acumulado, y una tasca de mala muerte con un rótulo despintado que anuncia bebidas inexistentes en la actualidad. Con resuelta decisión encamina sus pasos hacia ese lugar, al entrar las sombras le reciben con desagrado, no se sabe si debido a la perturbación del descanso merecido a tan intempestivas horas, o por haber sido sobresaltadas con la presencia no demandada del que se ha introducido sin pedir permiso. No hay nadie, el mostrador de madera oscurecida y carente de cualquier barniz que lo resalte, un estante con botellas polvorientas y un espejo con más zonas inutilizadas que las que puedan reflejar la presencia del visitante. La única mesa se halla pegada a una pared desconchada, y custodiada por tres sillas de pvc de color rojo. Manuel espera unos segundos para darle tiempo a sus ojos a acostumbrarse a la penumbra y hace un amago de llamada, un "hay alguien" a media voz, como si fuera renuente a molestar más de lo estrictamente necesario. Un crujido le advierte de la presencia que sea humana o no, se ha movido en el fondo del cuartucho impenetrable apostado detrás del mostrador.
- Sí, ya voy. Unos pies arrastrados con la precaución que da la edad, y los cabellos blancos se dejan ver como una antorcha en un túnel.
- Buenas tardes ¿Quería algo?
La pregunta no está exenta de cierta impertinencia, sí hay una persona allí es por que desea algo. No cabe esperar otra cosa de un visitante que tenga la osadía de dejar su camino, para penetrar por la simple curiosidad de contemplar las entrañas de ese local tan desangelado.
- Buenas tardes, ¿Tiene usted teléfono?
La cabeza encanecida da apenas un cabeceo ambiguo, un gesto tan poco esclarecedor que no sabría Manuel si es una respuesta afirmativa, o es que negara su propia existencia.
- Sí, hay un teléfono de monedas allí, debajo del televisor.
Manuel gira sobre sí mismo y enfrenta su mirada con la cabina de la que cuelga el auricular permanentemente inerte, prueba más que satisfactoria de que debe funcionar. Se rasca el bolsillo en busca de monedas sueltas, y se gira con cara de contrariedad.
- ¿No tendría usted cambio?

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