Como cada verano, se abre la veda del desgraciado, del suicida recalcitrante que no ve más allá de sus confusos intereses. Cada verano el orate de andar por casa, ese que no está en posesión de la pertinente licencia para conducirse con arreglo a la ética, a la razón, al simple sentido común, sale de su cueva presto a desarrollar su actividad de destrucción, de muerte de todo lo que pueda suponer un atisbo de vida. A veces este monstruo se afana por una necesidad de demostrarse a sí mismo su propia castración mental; otras, porque le han expulsado del coto de caza, porque la especulación maderera le permite blanquear a base de negras pavesas, de grises cenizas; los hay que aprovechan una legislación torticera, una bula para que el asesinato quede impune. Hoy le ha tocado a un paraje de indudable valor ecológico, un lugar privilegiado para las cansadas aves que surcan las fronteras; para el gamo que trisca entre las marismas; para el jabalí que hoza ajeno a premoniciones perniciosas, o para esas yeguas marismeñas que paren a sus potros en la frescura de unos pastos disputados. No quisiera acusar sin dedo, no busco una calumnia imposible por falta de destinatario, pero sí que dudo, si que me embarga la incertidumbre, ese sentimiento que nos acomete ante hechos que no comprendes, que no acabo de atisbar lo que se oculta en esa alma negra como los cielos ahumados del entorno del Parque nacional de Doñana.
Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase:
Comentar este post
/image%2F0222611%2F20220227%2Fob_d4939f_img-20161226-wa0026.jpg)