La violencia no tiene género, pero sí número

Publicado en por el príncipe de las mareas

Mía, ese posesivo perverso

No había anochecido y ya brillaban algunas luces temblorosas en la calle mojada por una lluvia inconsciente. El sonido acompasado resuena como un taconeo lejano, casi imperceptible desde la atalaya del que aguarda en la acechanza de un destino perseguido. El televisor muestra la fotografía zafia de dos hombres golpeándose hasta que uno, el del calzón amarillo, hace sangrar al otro. Apenas un rugido bostezado, un sonido tenue de fiera adormecida bajo los efluvios de una cerveza enlatada. El cenicero pleno de colillas aplastadas con la misma saña con la que se golpean los contendientes de la pantalla.

La plegaria del adoquinado ceja en su empeño cuando saca la llave del bolso raído en el cierre. El crujir lastimero de la puerta falta de engrase, suena premonitoria de un agorero suceso venidero. Las escaleras devuelven el brío de las pisadas confiadas, del error manifiesto en una ausencia deseada que le espera tras una puerta de madera ajada. Abre con la cautela que le acompaña estos dos últimos años, cierra tras de sí la única salida del infierno acogido en su regazo, no hay vuelta atrás más que la de la llave en la cerradura que la anuncia.

−Mamá, ¿eres tú? Acompaña esta frase el pisar suave de unos pies demasiado livianos como para levantar sospechas.

−Sí, cariño soy yo ya he regresado ¿Todo bien por casa? ¿Has hecho los deberes?

El conato de respuesta es atropellado por el ladrido que proviene de la salita.

− ¿Ya estás aquí puta?

El corazón se contrae al compás del de la pequeña que apenas si alcanza los nueve años, dos de los cuales ha conocido la brutalidad de la que puede hacer acopio un ser humano, un ser que dos años atrás era una persona querida, era su amado padre.

− Sí, contesta antes de que la demanda se transforme en una puñalada a oídos de la pequeña.

− ¿Me has traído las cervezas que te encargué?

−Estaba cerrado, mañana sin falta te las compro. Contesta en la convicción de su falta de aquella para con el demandante.

El golpe brusco, seco, no proviene del televisor encendido, es un sonido de algo que se estrella contra la pared y rebota contra algo que se hace añicos.

−Eres una inútil, desgraciada.

Las palabras preferidas, mordidas conforme son expulsadas se acercan amenazantes, no vienen solas, las acompañan unas pisadas groseras de zapatillas gastadas. Ella retrocede en su intento inútil de evitar un resultado harto conocido, la pequeña huye despavorida y se encierra en su dormitorio, se encuclilla contra la puerta y se tapa los oídos, no quiere volver a vivir una capítulo más en una secuencia demasiado vívida, demasiado real. Los golpes del combate televisado se acompasan a los que se suceden al otro lado de la salita. Aquellos son alternos, estos de aquí solo en una dirección; aquellos son repelidos o encajados, estos siempre aciertan en el rostro de Carmen, en los brazos de Carmen. Los improperios apenas si dan pausa a la agresión, no hay tregua pactada entre combatientes dispares. Carmen cae al suelo, se aovilla en silencio, no ha lugar a sollozos impertinentes que denoten una debilidad que acreciente más aún si cabe, la cólera del que ajusticia sin razón lo que le dicta su mente enferma. La niña sigue en su posición, no se mueven ni ella, ni la muñeca apretada contra su pecho, las lágrimas han empapado el pelo de la muñeca; las lágrimas de Carmen resbalan desordenadas por sus mejillas. Cesa el movimiento, suena un portazo acompañado de reprimendas añejas mezcladas con nuevas quejas. Carmen se yergue despacio, apoyando la espalda sobre la pared, testigo mudo de infinidad de oprobios, de cómo una persona ha ido deshilachando su voluntad hasta caer en la tentación de autoinculparse de los errores ajenos, del daño proferido por otro en carnes propias. Lentamente se acerca hacia la puerta del dormitorio de su hija, susurra alentando una confianza perdida para que le abra la puerta, para que olvide un episodio más, otro que arrinconar en el cuarto oscuro de los deseos no cumplidos.

−¡Ábrele a mamá cariño, ya ha pasado todo!

El camarero le mira con la desconfianza de un buen conocedor de su clientela. Le sirve las cervezas y cobra el importe. La calle se tiñe de nuevos rojos ocres de ocaso vespertino, de sonidos amortiguados en unas zapatillas enguatadas, mientras unas luces delatoras asoman indecisas a través de unos visillos que ocultan la desgracia, la vida interrumpida en un vaso de ginebra, una copa de brandi o dos, tres o cincuenta botellas de vino barato, de acompañante eventual de unas latas vacías arrojadas con desdén sobre una bolsa de restos.

La niña se aferra a su madre, ésta le acompasa los brazos con un movimiento suave, con una plegaria a media voz, mientras la puerta que las cobija alerta quejumbrosa que su inquilino regresa, que el torturador está de vuelta cargado de argumentos suficientes, como para que Carmen no pase de esta noche si no alerta sus sentidos y huye con su hija. No lo hará, no puede, no se lo permite su voluntad quebrada, es rehén de sus propios demonios, los creados por ella misma y aquellos heredados, aceptados desde que hará en un mes dos años, consintió que su marido le levantara la mano por primera vez.

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