Un cuento distinto

Publicado en por el príncipe de las mareas

Hace cinco años que la princesa se casó con el príncipe. Hoy peina sus cabellos frente al espejo que le devuelve una imagen más triste que la del primer día ¡vaya! Una hebra plateada brilla entre su negra melena. Los días se suceden, las semanas pasan de puntillas por una puerta que no ha vuelto a abrirse al príncipe: las jaquecas, las indisposiciones han dado paso a unas largas estancias en el pabellón de caza. Los meses transcurren en reuniones con sus consejeros; ni se ha percatado de esa sombra que rodea los ojos de ella. Las estaciones han dejado una arruga en la comisura de sus labios, la hebra plateada arrancada con furia ha sido sustituida por varias más, ya no es fácil eliminarlas sin causar estragos en su cabellera. El espejo le devuelve una imagen con un insulto a su propia estima, es como si se quisiera vengar de tanto desprecio sufrido en una arrogancia ya marchita.
Hoy, es día de celebraciones: treinta años ya desde que fueron coronados. Ella luce un vestido que no realza un talle esbelto como sí lo era aquel día, él arrostra una papada indiscreta y una prominente barriga que ella ni recuerda desde cuando data. Esta noche él la ha visitado en sus aposentos. Las varices serpentean por sus tobillos como sarmientos buscando el sol, el fofo mentón cuelga a tono con las caderas de ella: flácidas, horadadas de hoyuelos imperceptibles a la mirada gastada de él. Levanta sus ojos sin ese brillo metálico, magnético de otros tiempos y descubre que la calvicie de él es un hecho consumado.
La princesa muestra su rostro sonriente, un óvalo casi perfecto enmarcado en una melena color trigo que le alcanza hasta las vértebras lumbares. Su prominente pecho es la envidia de su cuñada, la hermana del príncipe, de sus amigas, y hasta de la propia suegra, que a sus cuarenta y cinco años no ha perdido su lozanía. La cintura no es grácil ni estrecha, de hecho la adiposidad acumulada apenas si marca la diferencia con unas caderas ampulosas. Las piernas acaban en unos pies grandes, una talla alejada de esos zapatos de cristal que harían las delicias de una heredera venida a menos. A qué negarlo, la princesa está gorda ¿Acaso el príncipe la desprecia por su sobrepeso? ¿Se siente desgraciada por no tener el talle de su escuálida cuñada? Nada de eso, su simpatía rebosa alegría, sus orondas formas llenan los espacios del príncipe que las encuentra encantadoras. La princesa está gorda, pero no deja de ser bella por dentro y por fuera.
El heraldo portando una misiva se personó en el palacio de la princesa gorda, en ella se expresaba una oferta de amistad: la asistencia a los fastos con motivo del aniversario de su coronación. Lo firmaba la princesa talludita, la que no dormía con el príncipe desde que había tenido conocimiento de su desliz con una cocinera. El príncipe se excusaba en que la tarta de zanahoria siempre había sido su perdición; por lo que después de perdidos, al rio. Efectivamente, allá en las poco profundas aguas de arroyo que discurría entre las peñas de la muralla exterior, se cometió el adulterio. La princesa metida en carnes sopesó la cuestión: por un lado estaban las relaciones diplomáticas entre los dos reinos, y por otro, el compromiso del heredero con su sobrina, la hija de su hermana caída en desgracia desde que se enamoró de un cetrero que tocaba el laúd en las noches claras

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