Otra vez la independencia

Publicado en por el príncipe de las mareas

Vuelve a la carga de húsares el nacionalismo independizado. Resuenan de nuevo las trompetas de Jericó en la pretensión de derribar las murallas constitucionales. Otra vez las amenazas disfrazadas de manos tendidas, de puentes de dialogo y postulaciones del derecho a la autodeterminación. Los designios de los catalanes no están escritos con tinta diferente de la del resto de españoles, no se han embarcado en su propia nao con destino al edén republicano. Lo cierto es que ya resulta un tanto cargante ese empecinamiento –para algunos un alarde de romanticismo dieciochesco, para otros una huida hacia adelante- en continuar hacia la deriva que les lleve a las costas de la ilegalidad. Personalmente creo que la ley no supone un imperio como se le suele denominar en algunos círculos; ni siquiera un pequeño reino donde un soberano realice las funciones de Pericles. La ley no es más que una imposición al comportamiento, una red para el trapecista que se balancea sin miedo a caer y estamparse contra el suelo. La ley no es inamovible, es y debe ser flexible, pero no tanto como para que la pueda combar cualquiera. La ley está para cumplirla y para cambiarla cuando sus efectos quedan obsoletos o encorsetan libertades consensuadas. No me gusta que un grupo se arrogue la potestad de dirimir sus anhelos sin contar con la ley. No, porque esa norma ha sido establecida para el conjunto y por el conjunto representado en el grupo elegido al efecto. Todo aquel que quiera cambiarla no tiene más que buscar y sumar los apoyos necesarios para ello. Así, que mientras se alcanza esa fuerza suficiente y necesaria para llevar a efecto los cambios que alumbren esos anhelos: Déjenos en paz al resto.

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