Las redes sociales

Publicado en por el príncipe de las mareas

He llegado a la conclusión que estamos muy solos. Ya no está ese amigo, amiga, abuela o vecino que llevaba tu vida al día, tanto o más que la suya propia. Ya no somos capaces de contarle nuestras cuitas a nadie, y sin embargo lo hacemos a los cuatro vientos en esta ventana indiscreta que se llama Facebook. Aquí aireamos todo lo que nos acontece: desde lo que hemos comido hoy, hasta lo que pensamos hacer mañana. Si nos gusta el futbol, si odiamos a Pablo Iglesias o amamos a Jorge Javier Vázquez; si nos gusta el arroz con tomate o el sexo es cosa de otros. Si nos hemos comprado un móvil nuevo con dos millones de aplicaciones incluida la de poder hablar por 20 céntimos el minuto, o hemos estado en Lisboa viendo el mismo río Tajo que pasa por Talavera de la Reina. Sí, esta ventana no precisa de piernas rotas que nos impidan salir a la calle, o hablar con el vecino mientras tendemos la ropa, esta ventana indiscreta se nos ha colado hasta la cocina y ha levantado la tapa de la cazuela donde hierven unas lentejas tan pacíficas, que ni se plantean el pegarse.

Al Twitter le contamos lo que no le hubiéramos contado en nuestra pareja en un momento de intimidad, le explicamos que hemos concluido un curso de informática de no sé cuántas horas, que Cataluña es una región de España que se quiere independizar, que Rajoy es un mentiroso, pero no menos que zapatero; que la amiga de tu hijo sale con el amigo de la vecina del sexto, que por cierto lleva tres semanas sin apagar la luz de la escalera. Ciertamente Instagram se ha zampado a la abuela y sus recetas, al padre Jerónimo que nos escuchaba los pecados capitales cometidos con doce años, se ha tragado a los padres, esos que no nos entienden porque son unos caracas que jamás han tenido quince años. Las redes sociales se han llevado por delante eso que antes guardábamos para nosotros mismos y que llamábamos intimidad

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