capítulo 1

Publicado en por el príncipe de las mareas

Su padre era siquiatra, su madre la mujer más bella del mundo. Gabriel a los once años ahogó en la fuente del jardín a la pareja de periquitos de su padre, a los catorce mató con una escopeta de postas al perro de la familia; se llamaba Tom, y era un teckel negro de vientre castaño. Los hechos fueron encubiertos como un accidente de caza del propio siquiatra, infortunio acaecido cuando el animal le acompañaba en la práctica favorita de aquél que combatía los males de la mente.

Pese a vivir frente al mar, la natación no había sido uno de sus fuertes; sabía nadar eso sí, pero no con la destreza que se hubiera esperado dadas las circunstancias. La casa de dos plantas y jardín distaba de la orilla los metros suficientes como para que las mareas no se pasearan por el salón. Era una casa lujosa, las comodidades aportadas por la madre habían sido sufragadas por los pacientes del padre. Gabriel sentía pasiones por ésta, era tal el poder de seducción que se diría un Edipo moderno.

Las aptitudes de su hijo no pasaban de largo para el padre, de hecho, siempre se detenían a saludar cada vez que se cruzaba con él. Había algo que no acababa de concordarle, era como si el futuro venidero hubiera sido vivido en mentes ajenas, pero en sus propias carnes. Realmente nunca había tenido problemas de sociabilidad, su carácter introvertido no le había supuesto obstáculo alguno a la hora de relacionarse con los demás, y sin embargo para un especialista en la mente humana ciertos episodios se paseaban por el filo de la irracionalidad. Gabriel tenía amigos, unos cercanos y otros apenas rayando el conocimiento superficial que suele dar la vecindad, pero entre los unos y los otros se movía el entramado social del que ajeno a sus propias desviaciones, aún no había resuelto el dilema de su proceder.

- ¿No pretenderás que abandone mis macetas y a mis vecinas? Lo único que me hacía falta era tener que quedarme a vivir en tu casa, como si no tuviera la mía propia.

- Comprendo que estés cansada, ya sé que bregar con tantos niños agota a cualquiera, pero no debes preocuparte si algún día no vienes, Luis regresará esta noche y no tiene previsto ausentarse en unos días, aprovecha para darle una vuelta a tu casa y así descansas de los nietos. La abuela asiente con la cabeza lo que niega con el pensamiento, va dada la hija si se piensa que la va a dejar al cargo de esta jauría, está muy confundida si se cree que su labor se ha terminado sin haber conseguido encauzar las conciencias de sus nietos. Es una mujer mayor, el largo periodo de viudedad ha conseguido lo que el marido nunca pudo, que se mostrara altanera ante los demás. En vida de éste era una persona sometida, alguien a quien la vida solo le tenía deparada sus labores cotidianas y la crianza de los hijos, ahora que tiene tiempo de sobra para derrochar no está dispuesta que nadie se le suba a las barbas. Ella es la matriarca, el alma que mantiene unida a la familia, y la encargada de custodiar los valores tradicionales expuestos a ser expoliados, o quizá olvidados a la primera de cambio. Pese a ser enjuta y de talla más bien baja no se arredra ante nada, se enfrenta con un vigor insospechado ante todo lo que le rodea, no existe ser en la tierra quien pueda decirle esto o aquello sin que tenga la justa réplica ¡Faltaría más en estos tiempos que corren donde ni siquiera los domingos son respetados como manda el evangelio! No será por su dejadez, ni por la lasitud en el acatamiento de las normas impuestas de toda la vida, que el barco que dirige con mano de hierro y piel manchada por la edad, encalle en los arrecifes del libertinaje; no será ella la que de muestras de debilidad ante situaciones extremas.

Su casa dista unos diez minutos a buen paso de la de su hija, en ella guarda todos sus secretos acumulados durante tantos años de desdicha incomprendida y dolores olvidados. Es una casa grande, antigua, donde las paredes de sólida piedra atestiguan que todas las batallas libradas entre esos muros le dieron la victoria. El patio interior característico de la época presenta un pozo en su núcleo, el brocal de losas denota un toque moderno en esa estructura arcaica; la soga gastada de tantas veces como se ha visto sumergida e izada en aras del consumo de agua se halla deshilachada y con varios nudos a modo de remiendo, en el intento conseguido de evitar un suicidio largamente anhelado. El cubo de latón está tan abollado que podría pasar por un caldero medieval. Las macetas de geranios comparten el vuelo suspendido con los claveles, aunque estos hayan dado por perdida la contienda contra la gravedad y cuelguen desmadejados sobre el muro.

- ¿Te ayudo con la comida?

- No es necesario, descansa que bastante haces ya.

- ¡Pero si no hago otra cosa que estar sentada! Si no me necesitas no tienes más que decírmelo, sin más contemplaciones.

- No digo que no te necesite, ¡claro que me haces falta! lo único que te digo es que descanses, no sería bueno que cayeras enferma.

- Si te preocupa mi salud, descuida, todavía tengo correa suficiente para manejar a esta familia.

Al cruzar por la vía del tren, Luisa vuelve sus ojos con una mezcla de asco y horror, los restos del perro esparcidos están siendo acometidos por las moscas. “La vía es peligrosa”, esta frase se la ha repetido tantas veces su madre, que cada vez que la cruzan no dejan de tomar todas las precauciones posibles ¿Siempre? Bueno de vez en cuando los gemelos se detienen a colocar una moneda para que el tren la deje lisa como una cuchilla, cuando aullando con sus resoplidos asmáticos aparezca en la lejanía anunciando su enorme presencia ominosa.

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